Política

Metamorfosis

  • Todo es vanidad
  • Metamorfosis
  • Mariana Velázquez

Qué desolado se siente el mundo cuando uno tiene 10 años. Nadie entiende, nadie sabe lo que es buscar en el espejo algún rasgo de definición adolescente o algún rastro de infancia reciente, y que el reflejo responda tan solo con la imagen de una cosa informe, un monstruo chistoso de piernas largas, de brazos largos. Una cara redonda aún, tierna, pero con pómulos filosos que no se deciden a brotar. La osamenta ensanchándose desde adentro, conquistando milimétricamente cada día la piel y la grasa de lo que un día fue un bebé.

La metamorfosis presente, palpable, en el suplicio de huesos estirándose. Y encima, perder dientes mientras hay que aprender las tablas de multiplicar. Crecer duele.

Pero, con un poco de suerte, pasamos por ahí y luego: el olvido, y con ello: la incomprensión de todos aquellos que vienen detrás en este ciclo de la vida. Por eso la escuché con atención cuando, con cierto desconsuelo, me dijo: “Mari, no me gusta ir a comprar ropa, porque la ropa de niña ya no me queda y la de jovencita aún es muy grande. Mira, este vestido azul me gustó, pero yo ya sé que no hay de mi talla”. Qué tristeza, entonces, no ser una cosa ni otra, buscarse y no encontrarse, ni siquiera en una tienda de ropa.

Meses atrás, precisamente buscando su regalo de cumpleaños número 10, recorrí al menos cuatro tiendas del Centro buscando un short de mezclilla talla 11 y fue imposible. Me resigné a encontrar ya cualquier cosa en que pudiera entrar sin nadar ni sentirse sofocada, pero, sobre todo, que le gustara. Nada, nada, nada. De pronto la pieza perfecta: una sudadera talla 12 con los rostros sublimados de las KPop Demon Hunters y lo mejor ¡era color negro, su preferido! Me aferré a ella con todas las fuerzas dispuesta, incluso, a no permitir que otra niña que merodeaba por ahí con el mismo conflicto se la llevara. La hallé en una nueva sección de Suburbia llamada Teens, o algo así, con tallas 10-16.

Seguí observando toda la colección: vestidos, pantalones, sudaderas y chamarras, la mayoría streetwear.

Noté que predominaban las prendas de colores oscuros, transparencias, encajes y cut-outs. Por supuesto que no me pondré asustadiza, ni conservadora, pero estas prendas de “preadolescente” tenían las dimensiones de esta etapa, pero el diseño visual era más bien para alguien mayor. Pienso, entonces, que el ethos actual apunta a que los jóvenes deban verse mayores, pero ¿eso buscan ellos o es que los morrillos no tienen aún un referente ante cual diferenciarse?

Pienso, también, que en unos 25 años, según pronostica el Programa Nacional de la Población 2026-2030, México tendrá más personas de 60 años que niñas y niños de 12. Seremos un país viejo y ser viejo dejará de ser “la onda”, y entonces, por Dios, lo anhelo, vendrá una ola de creativos hartos de la homogeneización y se rebelen y diseñen y creen prendas por ellos y para ellos, con el tamaño para su cuerpo y holgura para su mente.

Ya en los sesentas-setentas ocurrió así, nadie quería parecerse a sus papás ni abuelos e inventaron los babydolls para el día a día, los flats que permitieron correr, las botas, las minifaldas, las t-shirts con los logos de sus bandas, colores, tallas y todos los ajustes o solturas que dieron libertad al cuerpo. Vinieron siluetas icónicas como los vestidos A, los pantalones acampanados y de pata de elefante.

Vendrán, deseo, otra ola de diseñadores jóvenes que se vean jóvenes, que reclamen su lugar. Este es un llamado para que alguien se apiade, ya, de ellosen este páramo ignorado, el calvario de atravesar la vida, que apenas comienza.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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