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Martes , 23.04.2019 / 00:10 Hoy

Columna de María Doris Hernández Ochoa

Crisis intelectual por falta de lectores en México

María Doris Hernández Ochoa

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Dentro de los índices de lectores en 108 países, México, está en el penúltimo lugar, con base en el informe publicado por la UNESCO con motivo del Día Internacional del Libro pasado.

La fría estadística indica que en contraste, el 41% de la población en su tiempo libre ve televisión, mientras sólo el 12% dedican este tiempo a la lectura. 40% de la población nunca ha entrado a una librería, de las cuáles en México existe una por cada 200 mil habitantes. Más números: los senadores advirtieron que el índice de lectura de la población general disminuyó de 54.6% en 2006 a 46% en 2012.

¿Cuántos libros lee en promedio el mexicano? 2.8 libros al año, en contraste con España (7.5) o Alemania (12). A pesar de esto, según la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (Caniem), la tendencia negativa del número de librerías que en 2006 eran 42,045 y 39,999 en 2010 remontó en 2011 hasta alcanzar 40,345 establecimientos.

La Junta de Coordinación Política en el discurso afirma que la lectura y la educación son lo único que puede mejorar la formación cívica de los mexicanos.

¿Cuántos son 2.8 libros al año? ¿Qué pasaría si dedicamos todo un año a leer, por ejemplo, El hombre sin atributos de Robert Musil? ¿Qué sucedería si las personas que responde las encuestas considera el Reader’s Digest como libro? ¿Qué hay de los que nada más leen cómics, pero tienen una tremenda cultura en este ámbito? ¿Dónde entran aquí los e-books?

La lectura es una enfermedad contagiosa que se propaga afectivamente. Las leyes pueden hacer su parte, pero las personas pueden hacer mucho más que recomendaciones. Por ejemplo, el escritor Francisco Hinojosa, autor de La peor señora del mundo, libro para niños muy popular, afirma que los padres y maestros que deben ser lectores, pueden contagiar ese gusto por la lectura a los niños y jóvenes. “Hay que poner el libro enfrente del niño pero no obligarlo a leerlo”; el acercamiento se debe dar por la imitación que le llega de los adultos.

Si los jóvenes no discuten autores u originan debates acerca de libros famosos o temas históricos, entonces, ¿de qué pueden hablar? Si hablando en su idioma no lo hacen, ¿Para qué aprenden uno o más idiomas si los temas que aborden con un extranjero serán sólo de lo cotidiano o sobre frivolidades?

Resulta mortificante escuchar a los políticos, a los deportistas profesionales, algunos estudiantes y a funcionarios del servicio público: de inmediato reflejan su pobreza intelectual, sin juicio crítico ni pensamiento estructurado y para una persona preparada le será casi imposible escucharlo o sostener un diálogo inteligente. Allí están los libros a la mano en bibliotecas que suelen prestarlos; los libros de los adultos que rara vez reciben una solicitud de préstamo de un joven… ¿qué es lo que falta? Con razón Arthur Miller… se divorció de Marilyn Monroe.

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