¿Se va a hacer o no se va a hacer? Y se hizo la carnita en el jardín posterior del mismísimo Palacio Legislativo de San Lázaro, el parrillero tenía que ser del norte, César Duarte, presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de los Diputados.
Los invitados: reporteros y columnistas de la fuente oficial más grande de México, ésos a quien Javier Corral, otrora diputado, los restringió algún día a ocupar un espacio que a la postre denominarían “El Corral de la ignominia”.
Duarte se despedía entre humaredas y olores a carne magra, agasajando a sus invitados y dándoles la buena nueva, que ni era tan nueva ni era tan buena: al día siguiente, pediría licencia como diputado federal para “aceptar” la candidatura del PRI al gobierno de Chihuahua, bajo una máscara, de esas tan populares en el teatro ateniense, que lo mostraban como parte de una nueva clase política, representada por “jóvenes honestos”, Peña Nieto dixit, que vendría refrescar al PRI y a México.
Así se vendió y así ganó la elección, avasalladoramente, con un PAN que ni las manos metió y que desde su primera y, hasta entonces, única incursión, en el gobierno del estado más grande de México, bajo el mandato de Francisco Barrio, había dejado de ser competencia real y sólo participaba en los comicios de la tierra que vio nacer a su fundador, Manuel Gómez Morín, de manera testimonial, incluso con Javier Corral, a quien el priismo había aplastado seis años antes.
Ése fue el sello de Duarte, durante su administración, el de un político regordete y simpaticón, que como todo sinvergüenza se caracterizaba por su carisma y su buen humor.
Amigo personal de Juan Gabriel, asiduo a sus tertulias en las que se descorchaban vinos de Petrus, de casi 100 mil pesos por botella.
Y al ritmo de “Querida” y “Vamos al Noa Noa”, se consumían los bienes, no de Odiseo, sino del pueblo de Chihuahua como agua de uso, símbolo del mayor derroche en la historia de ese estado y del desprecio por el decoro y el dolor ajeno de una entidad donde morían, y siguen muriendo, cientos de niños por hambre y por frío en la sierra Tarahumara o por un balazo del narco o de los taladores clandestinos.
“Pero con él, (Duarte) la seguridad ha mejorado, sobre todo en Juárez”, decía a manera de resignación uno que otro, que sin embargo, se dolía de una especie de Metrobús región 4, que resultó un desastre y al cual le llamó “Vivebús”, alusivo a su gobiernista campaña publicitaria “Chihuahua vive”, que intentaba dar a entender que a pesar del saqueo, el abuso y la corrupción rampante del Duartismo, Chihuahua agonizaba pero mantenía aún algunos signos vitales. ¡Válgame Dios!
Mientras tanto, en Ciudad de México, “Usted es un vulgar ladrón”, le escupía en su redonda, sonrosada y trémula cara, Javier Corral, en la tribuna del Senado, a un desenfadado, pero también desencajado, César Duarte, cuyo cinismo y narcisismo lo envalentonaron a plantarle cara a su acérrimo enemigo, sin reparar en las consecuencias.
Corral estaba en su cancha y el vulgar ladrón, en la cueva del lobo.
(Le seguimos la próxima semana).