Desde hace tiempo, pero particularmente en las últimas semanas, el PRI ha emprendido una campaña para desacreditar a Morena tratando de vincular a dicho partido con un presunto narcogobierno, estrategia que ha logrado trascender en la opinión pública, alimentada por los señalamientos de autoridades estadounidenses contra diversos funcionarios relacionados con el partido oficialista, en donde el debate ha trascendido lo político para convertirse en un tema de interés nacional.
En este contexto, la estrategia de Morena consistente en responder descalificando al adversario, atribuyéndole intereses políticos o cuestionando su calidad moral, resulta eficaz para mantener cohesionada a la militancia, pero resulta insuficiente para convencer a una opinión pública que exige respuestas concretas, cuando el tema es la presunta relación de funcionarios públicos de este gobierno con organizaciones criminales.
Mientras no existan respuestas puntuales sobre los señalamientos, la conversación pública seguirá girando en torno al tema original y no alrededor de quiénes lo plantean.
En comunicación política cambiar el foco funciona de manera temporal, sin embargo, cuando las acusaciones son de tal gravedad, la sociedad espera información verificable, investigaciones imparciales y, en su caso, resoluciones de las autoridades competentes.
La fortaleza de un gobierno no radica únicamente en responder políticamente, sino también demostrar con hechos y transparencia que no existe espacio para la impunidad. Solo así podrá cerrarse el debate, que por su naturaleza trasciende la confrontación entre partidos y se convierte en un asunto de interés público.
Esta narrativa de Morena ha privilegiado la confrontación política sobre la refutación puntual de los señalamientos, sin embargo el tema del narcotráfico no puede reducirse a una disputa entre partidos, se trata de un asunto de carácter penal que lamentablemente ha permeado diversas fuerzas políticas.
En los días recientes, aún con la resolución de la autoridad electoral que ordenó el retiro de los mensajes referentes al presunto narcogobierno, se ha observado en las declaraciones del coordinador de los diputados de Morena, Ricardo Monreal, una narrativa de victimización, calificando la estrategia del PRI como una “infamia”, postura que más bien parece buscar un equilibrio para no confrontar, y quedar bien con la oposición y con los aliados de la coalición gobernante.
Resulta difícil entender cómo un operador político con la experiencia de Ricardo Monreal no fue capaz de anticipar la ofensiva del PRI, y diseñar una estrategia eficaz para contrarrestarla, más aún cuando desde tiempo atrás hubo voces dentro de la propia coalición, como la del diputado del Partido del Trabajo, Reginaldo Sandoval, Comisionado Nacional en el Estado de México, quien advirtió el desgaste hacia Morena y la necesidad de construir una narrativa que neutralizara los ataques, evidenciando con ello la ausencia de coordinación política y estrategia en un tema de enorme responsabilidad.