Lo ocurrido este fin de semana en el municipio San Gabriel es una doble tragedia. La primera es, por supuesto, el que tres personas hayan muerto a causa de que se desbordara el río Salsipuedes, y además miles hayan sufrido afectaciones graves en sus viviendas y su patrimonio.
Lo ocurrido el domingo pasado es algo muy grave, y quedará grabado como un suceso negro en la historia de esa municipalidad, de la región y del estado.
La segunda tragedia es la que nos envuelve a todos. Que el río se desbordara fue por consecuencia de lo mal que hemos tratado a la naturaleza.
No hay dictámenes aún sobre el origen del desastre, pero las hipótesis son señal de lo que hacemos mal como sociedad, pues las opciones son que el aluvión tiene su causa en los incendios forestales ocurridos en la zona, o por la tala inmoderada de los montes. La falta de árboles y vegetación, pues, permitió que el agua de la lluvia corriera ladera abajo sin que nada contuviera su recorrido.
Ahí está esa otra tragedia. Tratamos tan mal a la naturaleza, que terminamos por sufrir las consecuencias.
Por supuesto que nadie dañó el bosque (quemándolo o talándolo) para ocasionar un problema. Pero a fuerza de quemar, talar o cambiar arbitraria e ilegalmente los usos de suelo de zonas boscosas, nos convertimos en nuestros propios depredadores.
Hoy el problema está en la zona sur del estado, pero igual puede ocurrir en cualquier otra región de Jalisco, incluyendo el Área Metropolitana de Guadalajara. Y no necesitamos hacer mucha memoria para darnos cuenta. El año pasado hubo una tormenta tan fuerte en la capital tapatía, que la Línea 1 del Tren Ligero se inundó allá por el rumbo del Hospital Dermatológico. El agua fue a dar al canal porque la urbanización impide que se filtre al suelo. Y otro ejemplo es lo ocurrido en un centro comercial de avenida Patria.
Decirlo es fácil, pero hacerlo es muy difícil: urge que tomemos conciencia de la importancia de respetar la naturaleza en la que vivimos.
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