HAY UNA DIFERENCIA PROFUNDA entre ganar el poder y aprender a conservar la autoridad moral para ejercerlo. Morena enfrenta hoy uno de esos momentos decisivos.
Durante años se asumió que bastaba la buena fe para distinguir a quienes llegaban a servir de quienes buscaban servirse del movimiento. La realidad ha demostrado que no. La infiltración ya no siempre ocurre por la fuerza; muchas veces llega mediante la simulación. Perfiles capaces de construir una imagen impecable, ganar confianza y ascender en las estructuras institucionales antes de revelar intereses completamente ajenos al proyecto de transformación.
Casos recientes ocurridos en distintas entidades recuerdan que una carta de antecedentes penales o una declaración bajo protesta de decir verdad no acreditan integridad. Apenas certifican la ausencia de una condena. La honestidad exige mucho más que eso.
En ese contexto resulta significativo el golpe de autoridad que ha comenzado a imprimirse desde la dirigencia nacional encabezada por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y que ha encontrado cauce en los trabajos políticos impulsados por Ariadna Montiel Reyes para fortalecer los criterios de selección de quienes habrán de coordinar los trabajos territoriales rumbo a 2027. El mensaje es claro: primero las bases, primero la militancia que construyó el movimiento, primero quienes han caminado junto al pueblo.
No se trata de cerrar las puertas a la participación política, sino de impedir que Morena continúe siendo visto como una franquicia disponible para oportunistas. Quien llega únicamente porque la marca electoral es rentable, quien cambia de partido conforme cambian las encuestas o quien concibe el cargo público como patrimonio personal difícilmente puede representar un proyecto nacido para combatir precisamente esos vicios.
Por eso también es momento de discutir mecanismos complementarios que fortalezcan la selección de candidaturas: investigaciones patrimoniales, verificaciones documentales, controles de confianza y evaluaciones especializadas que permitan identificar factores de riesgo ético y patrones de decisión incompatibles con el servicio público. Ningún instrumento es infalible por sí solo, pero la suma de controles siempre será preferible a la improvisación.
La Cuarta Transformación hizo de la honestidad un principio. El desafío ahora consiste en convertirla en una política institucional. Si Morena aspira a seguir siendo distinto, debe demostrar que sus candidaturas no se definen por cuotas, compadrazgos o conveniencias coyunturales, sino por trayectoria, congruencia y compromiso con la gente.
La confianza seguirá siendo indispensable. Pero, de cara a 2027, ya no puede ser el único filtro.