Hay historias que no llegan a los titulares, pero que se repiten en voz baja en pasillos universitarios, en mensajes de madrugada, entre amigos, en silencios prolongados frente a una pantalla. Historias de personas brillantes que, en su camino hacia un doctorado, comienzan a perder algo más que horas de sueño: pierden, poco a poco, su bienestar emocional.
No se trata del grado en sí, ni del conocimiento que se persigue con pasión. Se trata de lo que ocurre alrededor. De las dinámicas que, con el tiempo, se han normalizado. De la idea -cada vez más instalada-de que el desgaste extremo es parte inevitable del proceso. Y aquí surge una pregunta que incomoda, pero que merece ser dicha en voz alta: ¿es necesario quebrantar la salud mental para culminar un doctorado?
Todos conocemos al menos a una persona que nos habla acerca de que está cansada de que sus asesores los maltraten. Lo dicen con una mezcla de resignación y cansancio, como si fuera un peaje obligatorio en el camino académico. Como si la exigencia tuviera que venir acompañada de dureza, de distancia, de una falta de empatía que termina por desgastar más que formar.
Entonces aparece otra pregunta, igual de necesaria, con mucho respeto: ¿por qué los doctores son poco empáticos y asertivos al revisar una tesis? Y con este cuestionamiento, no se trata de señalar culpables ni de generalizar. Hay espacios académicos positivos, profundamente humanos, donde el aprendizaje florece desde el respeto. Pero también existen entornos -algunos-donde la presión se convierte en norma y el acompañamiento se diluye. Y ahí es donde vale la pena detenernos.
Desde mi perspectiva como periodista y docente considero que la educación, como toda construcción social, evoluciona y todo es perfectible. Ese modelo de “resistencia a toda costa”, casi de lógica de guerra, ya no responde a las necesidades del presente. Hoy sabemos que ninguna persona debería perder su paz en nombre de un grado académico y que prender no tendría que doler de esa manera.