Las palabras acompañar y compañero provienen del sufijo “con” (derivado en “com”) que significa “junto a” y “pañero” que procede de “pan”. El vocablo “compañero” significa dos personas que comparten el mismo pan.
Compartir el mismo pan, es compartir la vida, las conversaciones y los desafíos que la vida depara.
Vivimos acompasando el ritmo propio al ritmo de otra persona, siempre hay alguien a nuestro lado haciéndonos compañía.
Estamos entrelazados, concertados: entre todos tejemos una red de relaciones que debemos tener cuidado de que no se enmarañe.
Acompañar es el hecho de ir junto a alguien sin invadir su territorio, sin empujarle, sin molestar y sin imponer, errores frecuentes del que acompaña, del que es acompañado que estropean relaciones cuando las circunstancias se vuelven exigentes.
Acompañamos al estar pendiente de que el otro no se extravíe, de que no tome decisiones inapropiadas, de que sea fiel al mapa y al proyecto de su vida.
Pero no es colaborar con las mentiras que el otro se cuenta ni hacerse cómplice de sus errores, sino ayudarle a conocerse mejor y enseñarle a usar herramientas apropiadas para funcionar bien.
Generación tras generación, padres y profesores solicitan a los adolescentes que aprendan a elegir buenas compañías: porque encaminan, clarifican y enriquecen, y porque, al contrario, las malas compañías descarrían, enturbian acaban arruinándoles.
Al acompañar a un hijo al colegio se le lleva de la mano cuando es pequeño, se le cuentan historias, se le anima para que pueda beneficiarse de ese lugar de aprendizaje y de socialización.
O también, cuando crece porque y ya es la hora de salir de casa, a que encuentren un modo personal de relacionarse con otros.
El hijo regresará a casa por la tarde, pero poco a poco irá transportando en su mochila una porción más grande de afuera, algo que le ayudará a independizarse cuando sea mayor.
Acompañar bien es, en consecuencia, saber cuál es el lugar de uno en relación con el otro, y todo eso del otro que le excluye a uno, y no intentar invadirlo, minimizarlo, borrarlo o ignorarlo.
Pero es estar presente, con cercanía y firmeza, en cada etapa de crecimiento, con dialogo compartido con conversaciones cotidianas, compartiendo las experiencias mutuas, más allá de comer la misma comida, habitar la misma o ver la misma televisión.