Me había quedado (The Atlantic, 16/3/17) en que James Joyce era el escritor de lengua inglesa con más signos de admiración en tres novelas (mil 105 por cada 100 mil palabras); ahora una breve historia del signo (Florence Hazrat: An Admirable Point, Profile, 2022) dice que Hijos de la medianoche de Salman Rushdie es la novela con más signos de admiración: 2 mil 131. (¿Será Santa de Federico Gamboa la novela mexicana con más signos de admiración: 598 en una edición de 429 pp.?). Al otro extremo, El viejo y el mar de Ernest Hemingway sólo tiene un signo de admiración. Hay, desde siempre, quienes lo abominan y quienes lo procuran. Hazrat registra un denuesto de nuestros días para el signo: es el “selfie de la gramática”; y un elogio: es “el príncipe de la puntuación”.
En esto vuelvo siempre a quien recuerdo como el poeta con más signos de admiración en el siglo XX: Juan Ramón Jiménez. Alguna vez quise un editor que mitigara esa abundancia en su obra. Son como banderillas o bolos que me distraen y casi me impiden leer el poema. Veamos sus Trescientos poemas. 1903-1953: en ellos hay hasta 476 momentos en que se abren y cierran signos de admiración. Van desde títulos como “Amor” y “Ya” a meter (hasta seis veces) signos de admiración dentro de signos de admiración. Por ejemplo: una estrofa que abre con signo de admiración “Qué alegría este vuelo cotidiano” y que cierra con signo de admiración “de los cielos… a la tierra”, tiene enmedio un “oh pájaro” entre signos de admiración. Esta es la muestra amplia; la muestra ceñida de lo que digo puede verse en lo siguiente: en su traducción al español del poema “Marina” de T. S. Eliot, Jiménez dispuso hasta ocho signos admirativos en un poema cuyo original en inglés ninguno tiene.
Y bien: el poema más famoso de Juan Ramón Jiménez se titula “El poema”. Entre signos de admiración, dice: “No le toques ya más,/ que así es la rosa”. Lo prefiero, pues y está a la vista, sin los signos de admiración: “No le toques ya más,/ que así es la rosa”.
Luis Miguel Aguilar