La mexicana Josefina Zendejas escribió en 1923 “La muñeca de cuatro caras”, una obra maestra de sólo 129 palabras que empieza: “Yo no tuve juguetes de niña, mis juguetes los creó mi fantasía”, entre ellos esa muñeca cuyo único defecto era “su invisibilidad”.
En un poema de Coventry Patmore que hacía llorar a Anthony Burgess un padre viudo le pega a su hijo y lo manda a la cama; luego, remordido, va a ver al niño que ya se durmió, con las mejillas aún mojadas por el llanto, y él mismo llora porque el niño ha colocado sus juguetes en la mesita de noche en un esfuerzo —“puestos ahí con arte cuidadoso para confortar su triste corazón”— por establecer el orden en una vida temporalmente arruinada.
El caballo de cartón con que sueña un niño en el poema de Antonio Machado. Y Luis Rosales: “… así he vivido yo, con una vaga prudencia de caballo de cartón en el baño”.
En su diario (25 de octubre, 1946) escribió Yorgos Seferis: “Ayer, con una nuez y unas bellotas hice una muñeca a la que he llamado señora Zen. Imposible hacer cualquier otra cosa”. Luego hizo un gran poema: “La señora Zen”.
Sor Juana le envía a la Señora Virreina un “andador de madera” para su primogénito que cumple un año; acompaña a la andadera con un poema que la vuelve un juguete grandioso.
En Espejo de Salvador Novo hay un poema donde el niño que fue descubre que “Fusiles y muñecas” de Juan de Dios Peza no es tan bueno según don Manuel Puga y Acal. Como un poema-juguete que deja de serlo.
Takuboku les llamaba “muñecos tristes” a sus poemas. Su más conocido termina en una imagen de la playa con un juguete imprevisto: “yo, con mi cara surcada de lágrimas,/ juego con un cangrejo”.
En “Pantalones largos” Joan Salvat Papasseit lamenta que ya adulto la gente lo traiga de un lado a otro y lo hayan apartado de su carrito de feria con campanita dorada y su caballito de cartón de media cuarta.
No lo lamentes de más, aconsejaría Stevenson. Ya no puedes jugar a los soldaditos pero ahora puedes leer a Shakespeare.