“El precio de desentenderse de la política es el ser gobernado por los peores hombres", frase atribuida a Platón, que dado el caótico desaseo socio-político mundial en el que hoy vivimos, merece ser releída y mejor comprendidos los alcances de sus términos: “desentenderse” y “los peores”.
Desentenderse de la política suele ser en el menos peor de los casos, una cómoda posición de irresponsabilidad infantil para quienes la mayoría de edad es sólo cronológica, pero que bajo cualquier pretexto, como el de “yo no soy político”, siguen siendo el niño inmaduro que espera que otros resuelvan por él su vida, su sociedad y su futuro.
Si no es que ese su “desentendimiento platoniano”, sea el producto de una limitación cognitiva que le impide auto-entenderse como un ser tanto con derechos como con obligaciones, derivados directamente ambos de su ineludible condición de ciudadanía.
En cuanto ¿a qué se referiría el pensador griego con “los peores”?, no sería extraño que con su profundo conocimiento empírico de los laberintos del alma, el filósofo aludiera a ciertas carencias y trastornos de los malos políticos, que hoy bajo el estudio científico tienen nomenclatura psicológica y señalan rasgos como:
El sesgo de superioridad, de quienes sobreestiman sus habilidades, su inteligencia o cualidades, auto-percibiéndose mejores que el promedio.
El efecto Dunning-Kruger, sesgo cognitivo de quienes a pesar de su parco conocimiento o habilidad sobreestiman su competencia, pensándose expertos.
Este insano perfil no pocas veces resultado de una lábil autoestima, suele acompañarse de otras fallas y carencias como la incapacidad de auto análisis para reconocer su propia incapacidad, lo que le impide el desarrollo de un juicio crítico para la valoración objetiva de sus actos y decisiones y las consecuencias de los mismos.
Por si esto fuera poco y como secuela, en el ejercicio del poder pierden la capacidad de comprender y practicar valores y no es raro ver que este coctel de fallas psicológicas desemboque en la chauvinista práctica política de asumirse como portador de un destino manifiesto.