Yo reconozco a la Fundación Arturo Herrera Cabañas como uno de los lugares donde me formé en la defensa de derechos: un espacio de encuentro entre pares, abierto siempre a ideas, a preguntas, a búsquedas compartidas.
Mi historia converge con la de muchas personas que encontraron ahí lo mismo que yo: un espacio de gestión comunitaria del arte y la cultura, donde lo importante no era solo lo que se mostraba, sino lo que se construía en común.
Por eso, lo que hoy ocurre con ese espacio va más allá de un trámite administrativo o legal. La Fundación Arturo Herrera Cabañas no se limita a un inmueble en comodato, también es la comunidad que ha formado durante tres décadas. Ha sidoun espacio de cultura autogestiva, comunitaria, participativa y plural. Un lugar donde hemos coincidido artistas, colectivas, activistas, personas defensoras, estudiantes, personas en formación y en búsqueda de redes. Su historia es, justamente, la de esa multiplicidad.
Se nos dice que el espacio será recuperado para el interés público.El Estado redefine ese espacio como “público”, pero lo hace desplazando a quienes lo sostienen.Lo que hoy está en juego es una forma de hacer cultura, de habitar un espacio, la construcción de una comunidad y el sostén de lo colectivo.
El problema no es la creación de un museo. Nadie podría oponerse a la ampliación de la oferta cultural.El problema es la lógica de sustitución; lo que ha sido construido desde lo común no puede ser reemplazado, administrado y reconfigurado sin la comunidad que lo hizo posible.
Porque si esto puede ocurrir con un espacio sostenido durante décadas por su comunidad, ¿qué le espera a cualquier otro esfuerzo colectivo que no encaje en la lógica institucional?
Defender a la FAHC no es oponerse al Estado ni a la cultura pública, es cuestionar una forma de ejercerla que desplaza, sustituye y borra los procesos comunitarios que le dan sentido.