Lilian tenía toda una vida por delante. Durante la marcha del Día Internacional de las Mujeres, su familia encabezó el contingente de víctimas, sobrevivientes, familiares y acompañantes. Su mamá no dejó de luchar en búsqueda de justicia durante dos años.
En medio de un país donde la impunidad es normael fallo condenatorio por su feminicidio importa porque no es lo común. Fue necesario el dolor sostenido de su familia, la insistencia, la exposición pública y la presencia en las calles para que la familia de Lilian recibiera lo mínimo que les corresponde: investigación y sanción.
Para las mujeres la justicia no llega sola, hay que perseguirla. Esta verdad nos obliga a voltear la mirada a quienes no tienen acceso a los mínimos de la justicia: verdad y reparación. Hay que reconocer la deuda con las familias que siguen buscando, con los casos que permanecen en etapa de investigación durante años o con aquellos donde ni siquiera se activa el protocolo de feminicidio.
Todavía hay muchas que no tienen el conocimiento de que lo que están viviendo es violencia, hay quienes pueden reconocerla pero no denunciarla, hay quienes lo intentaron y no fueron recibidas, quienes siguen esperando el momento para hacerlo.
La exigencia no puede quedarse en un solo caso. Mejorar las instituciones que procuran e imparten justicia es una urgencia vital. Implica investigaciones con perspectiva de género en todo momento, evitar la revictimización, garantizar autonomía frente a redes de poder local y asegurar que las pruebas no tengan que “luchar” contra narrativas de encubrimiento.
La sentencia por el feminicidio de Lilian es significativa y relevante para todas las mujeres. Pero no debe quedar como la excepción que tranquiliza, ni debemos olvidarnos de todas aquellas con las que aún hay deudas pendientes.
El 8 de marzo no estuvimos todas, nos faltó Lilian, pero hoy sabemos que hubo un avance en la justicia para ella y su familia.