Desde hace meses, en el ámbito local, hay un fenómeno particular sucediendo: un conflicto humano que tambalea entre el espacio público y el espacio virtual. La discusión no consiste en determinar quién tiene razón en un conflicto específico. Tampoco en absolver o condenar a una persona o a un grupo de ellas. Creo que es necesario hablar de este tema como un paso para profundizar nuestra mirada del conflicto.
Una creadora de contenido, conocida por publicar videos en los que graba a personas desconocidas para comentar y ridiculizar su apariencia o sus comportamientos, ha generado un amplio rechazo social. La respuesta, sin embargo, también se trata de comportamientos escalados: campañas de hostigamiento digital, publicaciones para ridiculizarla, llamados a confrontarla, agresiones en la vía pública y una creciente participación de personas que comentan, comparten o celebran cada nuevo episodio.
El caso ha dejado de ser únicamente una disputa entre una persona y quienes desaprueban su contenido; se ha convertido en un fenómeno colectivo que pone en evidencia cómo los conflictos digitales pueden amplificarse hasta transformar la convivencia cotidiana. Además, pone en evidencia la incapacidad social que tenemos para abordar un conflicto. Si creemos que humillar públicamente a alguien constituye una respuesta legítima frente a conductas que considera reprochables, tenemos un problema en nuestras manos.
Desde una perspectiva psicosocial, este tipo de procesos puede entenderse como un ciclo de violencia, donde ésta deja de circular en una sola dirección: quienes han ejercido alguna violencia, también denuncian haberla vivido. Pero a través de las plataformas digitales el conflicto deja de pertenecer únicamente a quienes lo protagonizan y la comunidad lo alimenta como espectadora convirtiendo el escarnio en una forma de entretenimiento.
Y ese es el tema que debemos plantearnos: cómo resolvemos conflictos. Porque normalizar la violencia como respuesta a la violencia nos deja en el mismo lugar.