Política

El campo hidalguense tiene rostro de mujer

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  • Liz Ordaz Islas

En el campo, la vida comienza antes de que salga el sol. Mientras muchas familias apenas despiertan, hay mujeres que ya han encendido el fogón, organizado el hogar y preparado lo necesario para iniciar la jornada. Algunas salen hacia la parcela, otras se dirigen al corral o al pequeño negocio familiar que ayuda a sostener la economía del hogar. Esa escena, cotidiana y profundamente humana, forma parte de la vida diaria de miles de mujeres que mantienen vivo el campo hidalguense.

En el Distrito 10 local integrado por municipios como Zempoala, Epazoyucan, Singuilucan, Omitlán de Juárez, Mineral del Monte, Tlanalapa, Villa de Tezontepec y Santiago Tulantepecesta realidad se repite todos los días. En cada una de estas comunidades hay mujeres que siembran, cosechan, cuidan animales, transforman productos del campo y participan activamente en los mercados locales. Su trabajo no solo forma parte de la vida cotidiana de las familias, también sostiene buena parte de la economía de nuestras comunidades.

Durante mucho tiempo, la labor de las mujeres rurales fue vista como una extensión natural de la vida familiar, más que como una aportación económica real. Sin embargo, hoy sabemos que su participación es decisiva para la sostenibilidad del campo y para el desarrollo de las regiones rurales. Cuando una mujer tiene acceso a herramientas productivas, capacitación o posibilidades de emprender, el impacto trasciende lo individual: mejora el bienestar de las familias y fortalece la estabilidad de las comunidades.

Las mujeres rurales son administradoras naturales del esfuerzo colectivo. Su trabajo no se limita a producir; también organiza, cuida, preserva saberes y mantiene vivo el tejido social que permite que las comunidades sigan avanzando. En ellas conviven la experiencia que da la tierra, la responsabilidad familiar y una profunda vocación comunitaria.

El campo hidalguense tiene rostro de mujer. Es el rostro del esfuerzo cotidiano, de la inteligencia práctica que se aprende en la tierra, de la resiliencia frente a las dificultades y de la esperanza que se transmite de generación en generación.

Hoy, en Hidalgo, el campo vuelve a ocupar un lugar central en la agenda pública. Bajo el liderazgo del gobernador Julio Menchaca se han impulsado programas que buscan fortalecer la producción agropecuaria, apoyar a pequeños productores y mejorar las condiciones de quienes viven del trabajo de la tierra. Estas acciones buscan acercar herramientas, capacitación y oportunidades para que las familias rurales puedan desarrollar proyectos productivos que mejoren su calidad de vida.

En ese proceso, las mujeres rurales tienen un papel cada vez más visible. Son protagonistas en proyectos productivos, en cooperativas comunitarias y en nuevas formas de organización que fortalecen la economía local. En muchos casos, son ellas quienes transforman los productos del campo, generan valor agregado y abren nuevas oportunidades para sus familias.

He tenido la oportunidad de escuchar muchas de estas historias durante los recorridos por las comunidades del distrito. En Zempoala, Singuilucan, Omitlán o Epazoyucan he encontrado mujeres que, con determinación y sabiduría, mantienen vivas las parcelas familiares, impulsan pequeños proyectos productivos y demuestran que el desarrollo rural también se construye desde la organización comunitaria y la dignidad del trabajo.

En un estado donde gran parte de la vida comunitaria sigue vinculada a la tierra, reconocer el papel de las mujeres rurales significa también reconocer quién sostiene realmente la vida económica y social de muchas regiones.

Desde mi responsabilidad como diputada local, estoy convencida de que el desarrollo del campo debe pensarse desde las personas y desde las comunidades. Implica reconocer el papel de las mujeres rurales como agentes económicos y sociales fundamentales, y seguir construyendo políticas públicas que amplíen sus oportunidades de capacitación, financiamiento y acceso a mercados.

Porque fortalecer el trabajo de las mujeres del campo no es solamente una cuestión de justicia social; es también una forma inteligente de impulsar el desarrollo regional.

El campo hidalguense tiene rostro de mujer, y ese rostro merece ser reconocido, escuchado y acompañado. Desde la vida comunitaria hasta las políticas públicas, fortalecer su trabajo significa fortalecer a nuestras familias y a nuestras comunidades. Porque cuando una mujer del campo tiene oportunidades, no avanza sola: avanza su comunidad entera.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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