Política

Conductores fantasma

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Viajé con mi familia a Atlanta y nos sorprendió el número de autos sin conductor. Cuando los humanos manejamos, hay una sincronía entre los ojos y el cerebro para tomar las decisiones musculares de dar vuelta, frenar o acelerar. Los coches autónomos replican, de cierta manera, esas decisiones humanas con sensores, computadoras e inteligencia artificial. Las cámaras serían nuestros ojos —frontales, laterales y traseras— y captan los carriles, las señales de tránsito, los peatones, obstáculos y demás automóviles. 

Cuentan con un sistema de posicionamiento llamado GPS —que podría perder precisión en los túneles— por lo que refuerzan su conducción con mapas de alta definición para vehículos de manejo autónomo: posición exacta de los carriles, pasos peatonales, altos, señales de giro, etcétera. En el techo llevan un objeto de gran tecnología (que parece un cilindro) llamado “LiDAR”: un dispositivo que dispara luz láser para medir cuánto tiempo tarda en regresar y, así, calcular la distancia exacta hasta un objeto. El LiDAR dispara millones de pulsos y crea en su “cerebro” una escultura tridimensional de sus alrededores. 

El auto también porta radares que utilizan ondas electromagnéticas para dar información y saber dónde está un objeto, cuál es su distancia y velocidad y si se acerca o se aleja. En condiciones de lluvia o poca visibilidad funcionan mejor que las cámaras. Todos esos sensores sirven para que el sistema sea robusto y confirme con exactitud los alrededores. Los datos de los aparatos entran en una computadora gobernada por inteligencia artificial y construyen el entorno de manera precisa. 

Donde se complican las cosas es al predecir qué harán los peatones: cruzarán la calle, se pararán o correrán, y cómo reaccionarán los demás conductores: ¿se estacionarán, se cambiarán de carril? ¿están distraídos en su celular? La IA predice constantemente esos comportamientos. Me dio paz saber que dichos autos no necesitan estar conectados a internet para funcionar, ya que llevan su propia capacidad de procesamiento a bordo. 

En el viaje a Atlanta pedimos un Uber y nos dio la opción de que fuera un taxi autónomo: decidimos intentarlo. Me impresionó lo impecable de la conducción y me remití a la serie animada de Los Supersónicos: el futuro nos alcanzó. Platiqué con una joven que vive en California y me dijo que ella se siente más cómoda viajando en un taxi autónomo que en uno con conductor. 

Pensé en nuestra Ciudad de México: ¿las pasajeras nos sentiríamos seguras? ¿Permitiríamos que nuestras hijas anduvieran en ese tipo de automóviles? Tal vez. El problema es que, para que un coche autónomo funcione en nuestra ciudad, la carpeta asfáltica debería estar impecable —sin baches—, al igual que los señalamientos de tránsito y la pintura de los carriles. Los ciudadanos deberíamos respetar lo ajeno y no vandalizar las unidades. El estado de derecho debería cumplirse. Mi mente pasó de Los Supersónicos a la realidad y me dio mucha tristeza.


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Ligia Urroz
  • Ligia Urroz
  • Nicaragüense-mexicana de naturaleza volcánica. Transita entre la escritura, la música y el vino. Sommelier de vida. Publica su columna Desde el volcán los viernes cada 15 días en la sección M2.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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