En circunstancias distintas, pero bajo la misma lógica de impunidad, Alberto Prieto Valencia y Adrián Corona Radillo fueron asesinados en Jalisco. Dos nombres, dos historias, dos giros distintos, pero un mismo denominador: fueron víctimas de los delincuentes y del silencio del gobierno.
En el caso de Alberto Prieto Valencia, más allá del conteo de casquillos, de los minutos de balacera o de los partes oficiales, el resultado fue claro: un acribillamiento que no deja dudas. Fue un mensaje. Un ataque planeado, ejecutado con precisión y con una violencia que estremece. Lo mataron junto a su hija de apenas 16 años y a un escolta. Tres vidas arrancadas en segundos, en una ciudad que ya no se sorprende por el estruendo de las armas.
Adrián Corona Radillo corrió una suerte igual de brutal. Fue secuestrado junto con su familia en una carretera de Jalisco. Horas después apareció sin vida, con huellas evidentes de violencia y de impactos de arma de fuego. Un levantón más, una ejecución más, una carpeta de investigación que probablemente engrosará la estadística del olvido.
Pero hay un elemento que agrava aún más estos hechos: resulta increíble que no contemos con la policía para enfrentar situaciones de este tipo. Balaceras que duran minutos, ataques que paralizan zonas enteras y carreteras convertidas en tierra de nadie.
Como suele suceder, no hay detenidos y sí un mutismo institucional que pesa tanto como las balas.
Y mientras tanto, como sociedad, nos seguimos acostumbrando a la violencia, a los ejecutados, a los nombres que duran un par de días en titulares y luego se diluyen. Nos acostumbramos a la ausencia de condenas sociales firmes, a la normalización del horror y a la idea peligrosa de que “así es esto”. La delincuencia hace de las suyas sin importar fechas, fiestas, familias ni consecuencias.
Estos no son hechos aislados. Son dos escenarios más de una misma historia de terror que cerró un año trágico. Un año en el que el crimen impuso su ley y la responsabilidad oficial volvió a llegar tarde, mal o nunca.
Y cuando matar ya no provoca indignación, el problema no es solo la violencia: es todo lo que dejamos de hacer para detenerla.