¿Nos ciega el júbilo como el Amor? A la distancia de las emociones, descubrimos un manto, un velo, una máscara que estaba ahí, como las moscas, un punto negro en el mantel blanco, una manía, deliberadamente, lo dejamos pasar, porque ese estado es maravilloso, imborrable.
Sabemos que tiene un término. Después del éxtasis, nos espera el autobús, la basura, los desaparecidos, la corrupción, lo cotidiano de los días. Un suspiro llenará como una pompa de jabón, el recuerdo de ese bello momento, y en nuestra memoria anidará por siempre.
Ante los ojos del mundo, seguimos siendo exóticos, extravagantes, mágicos. México, el ombligo de la Luna, vive intensamente, los caballeros águilas de la selección mexicana de futbol, nos han regalado una semana inmortal.
Al ver los penachos enormes, que visten en los estadios, en las plazas, siento el arte popular danzar, gira, se manifiesta, las sonajas de ayoyotes, que usan los concheros, suenan a gloria, como una pequeña muestra, de la grandeza cultural que poseemos.
Para los primeros mexicanos, el cacao, junto con el ámbar, el oro, la plata, la turquesa, las plumas eran símbolo de nobleza, poder, riqueza, fertilidad: se relacionaban con deidades, sacerdotes, doncellas y guerreros.
Deposito las imágenes de lo que se vive, en una cesta sencilla, de carrizo, en verde como el jade con su energía cósmica, me acompaña el espíritu de jaguar, ruge, muestra su fuerza, también vienen la tierra y la luna. Se invoca hasta Tezcatlipoca, cuyo espejo mágico revelaba, desde los pensamientos de los humanos hasta los misterios del futuro. Todo cabe,
El Chapulín Colorado, el Dr. Símil, una jaiba verde, la esperanza expande sus alas ¿Regresarán estos días de regocijo?
Vivimos un paralelismo con la canción de Serrat, que se llama “La fiesta”, donde hay una crítica social, primero se prepara el festejo, la calle se viste de bombillas, banderas, para el solsticio de verano, que coincide con la celebración de San Juan, ahí todos conviven: “el noble y el villano, el prohombre y el gusano”, suben la cuesta y celebran.
Después, regresan, bajan y cada uno vuelve a su lugar, a sus miserias; la igualdad es efímera. Disfrutemos estos días, porque no hay retorno. ¡México, cómo te quiero!
Carpe diem.