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Domingo , 21.04.2019 / 03:23 Hoy

Columna de Laura Ibarra

Fifear: El juego narcisista del poder

Laura Ibarra

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Todas las mañanas en la conferencia mañanera, el jefe del ejecutivo “informa” sobre una gran cantidad de temas. En su discurso aparecen muchos datos imprecisos, decisiones descabelladas, opiniones sin fundamento, sermones, regañadas, ocurrencias y hasta algunas fórmulas mágicas que a fuerza de pronunciarlas espera se conviertan en verdad, como el crecimiento de 4%.

Al día siguiente, los periódicos, los programas de noticias radiofónicos y televisivos someten a reflexión lo que dijo. Los mejores analistas políticos de la nación hacen una dura crítica, por lo general, muy bien argumentada.

De nuevo, al día siguiente, el presidente arremete contra la prensa fifí que lo criticó. A veces hasta ocho veces repite el adjetivo. Sus dos sílabas burlonas ponen fin al debate, porque la polémica se transforma en un asunto de fidelidades. Y el ciclo se repite.

En este nuevo deporte, inicialmente solo hay un jugador. Si todo poder se escenifica como farsa, el nuevo poder en México se presenta como el de un solo hombre al bat. El poder adquiere una imagen, una sola, la del hombre en el Salón de Tesorería de Palacio Nacional. El frío matutino y los reflectores acompañan una ceremonia que constriñe el debate sobre la vida de la nación a un espectáculo ególatra, la refundación del caudillismo en la época de las redes sociales.

Solo hay una voz que aclara las cosas, que define la agenda, que determina las soluciones, su estrategia favorita son las etiquetas y las descalificaciones, por eso el juego se llama fifí. No se trata de un ejercicio de pluralidad democrática, ni tampoco abona a la transparencia y a la rendición de cuentas.

La pobreza del discurso se vuelve más evidente cuando sólo depende de la capacidad de reacción del hombre que ocupa el escenario, pues no hay manera de armar una polémica racional, de discutir con argumentos.

El juego de un solo hombre se presenta de manera absoluta, ocupa todo el espacio público, expulsa la complejidad, de manera que a los medios sólo les queda la reacción instantánea. En este contexto aparece el resto de los jugadores, los periodistas. Estos se dividen en dos, aquellos presentes en las conferencias mañaneras que hasta ahora han sido incapaces de articular una pregunta que rompa la operación retórica de quien tienen enfrente.

El segundo grupo es indispensable para que el juego funcione. Sin la prensa crítica o fifí, el hombre al bat no puede hacer nada. Nadie en este país se ha beneficiado de la prensa como él. No solamente porque contra ella puede practicar la polarización a la que es tan afecto, sino porque ella es la que acoge y transmite su mensaje, el complemento perfecto de un jefe del ejecutivo que continúa asumiéndose como opositor.

Imagínese una mañanera a la que no asistió ningún periodista ni de la que nadie habla al día siguiente. Todo juego requiere de oponentes, secretamente el presidente la desea, pues sabe muy bien que la necesita. Ella es la que lo confirma como eje permanente de todo lo que ocurre, la que lo vuelve absoluto.

Como todo deporte, el fififeo requiere público. Los espectadores ya llegan con las camisetas puestas y su interés es confirmar su propia opinión en las afirmaciones del bando de su preferencia. Como espectadores y partidarios de un equipo, su lógica es la del aplauso y la del abucheo. Hoy en la arena los bandos se dividen entre la promesa y la realidad, la fe y la razón, la perorata y el argumento, la ilusión y la ciencia.

Claro que el juego, como todo juego, corre el riesgo de salirse de control. Un día un periodista puede hacer una pregunta realmente incómoda. O puede ocurrir que el juego acabe fastidiando al público. Nadie soporta una eterna pelea de gallos y ningún juego puede a la larga sustituir la dura realidad.

A la prensa le está quedando claro que no tiene mucho sentido entrar en disputas puntuales, pues así es la naturaleza del presidente. Si la base de su liderazgo es mostrarse permanentemente como alguien que está derribando enemigos, ¿qué sentido tiene presentarse como uno?

Para las almas que empezamos a cansarnos del juego, cada vez es más visible que hay que recuperar otros espacios de discusión y defender la complejidad.

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