Una de las mayores habilidades políticas de la llamada Cuarta Transformación es su capacidad de redefinir el significado de las palabras. En varios temas centrales su narrativa es de un rompimiento con el pasado, mientras que en la práctica actúan de manera similar. La guerra contra el narco no es guerra; la política macroeconómica no es neoliberal; la apertura energética no es apertura; la corrupción no es corrupción. Todos son ejemplos en los que se utiliza un lenguaje distinto, pero el fondo permanece.
Empecemos con la estrategia de seguridad. Quizá durante el sexenio de López Obrador se pudo afirmar, con cierto sustento, que era distinta a la de sus antecesores, en particular a la “guerra contra el narco” de Calderón. El lema “abrazos, no balazos” marcó un contraste discursivo evidente. Sin embargo, pese a las diferencias, ambas administraciones compartieron elementos fundamentales, como la militarización del país.
Con Sheinbaum las similitudes han aumentado. Más allá de sus declaraciones de que “no vamos a regresar a la guerra contra el narco”, el operativo que derivó en la muerte de El Mencho y de decenas de militares, así como la subsecuente ola de violencia que desencadenó, sugieren lo contrario. No es crítica. Hay que aplaudir la determinación de la Presidenta por restablecer el orden en el país. Mi punto es simplemente que la narrativa no encaja del todo con la realidad. Y lo entiendo. En términos políticos, hablar de “guerra” es impopular. Mejor llamarlo de otra manera.
En el terreno macroeconómico sucede algo similar. Aunque el discurso oficial condena el “neoliberalismo”, la política económica mantiene sus pilares: combate a la inflación, respeto a la autonomía del Banco de México y prudencia fiscal. Paradójicamente, se parece mucho a la aplicada por Zedillo, uno de los villanos favoritos de la narrativa oficial.
Algo parecido ocurre en el sector energético y en el combate a la corrupción. Tras descalificar la reforma de Peña Nieto, el gobierno hoy reconoce (aunque sin decirlo así) que necesita inversión privada para ampliar la capacidad energética y reactivar el crecimiento. La retórica es de soberanía. La práctica, de pragmatismo. Lo mismo sucede con la corrupción: pese al “no somos iguales”, los escándalos del huachicol y el deterioro de México en el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional indican que el problema dista mucho de estar resuelto.
Aunque la narrativa es la de un rompimiento histórico con el modelo anterior, la realidad es que en varios frentes el cambio ha sido más semántico que estructural (en otros, como en el social, sí ha sido profundo). Políticamente, la fórmula ha sido exitosa, como lo demuestran las victorias electorales de la 4T y la alta popularidad presidencial. Pero no nos confundamos. El lenguaje de ruptura es, en muchas ocasiones, más una conveniencia política que una transformación de fondo.