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Miércoles , 24.04.2019 / 11:38 Hoy

Doble fondo

Y si quiero mi buen morir hoy… ¿qué?

Juan Pablo Becerra-Acosta

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No sé si usted esté enterado de la historia de María José Carrasco y Ángel Hernández. Es la historia de la que todo mundo hablaba en Madrid —y en España completa— durante la primera semana de este mes. De hecho, todavía se sigue hablando de ello, porque se convirtió en tema electoral rumbo a los comicios generales del próximo domingo 28 de abril. Los principales partidos abordaron el tema y podría suceder que, una vez pasadas las elecciones, una política pública progresista resuelva el asunto. Y si así sucede, eso podría tener reverberaciones en México.

La de María José y Ángel es una historia que provoca muchas emociones al mismo tiempo. Es una historia de sufrimiento y dolor. Tierna y estremecedora. Una historia de frustración y esperanza. De desesperación y anhelo. Una historia de derechos humanos, pero también de política. Una historia que atañe a las religiones, pero que sobre todo vincula la existencia de las personas con el humanismo. Es una historia donde hay conservadores y liberales. Es una historia legislativa y judicial. Es una historia, como toda buena historia, de vida, amor y muerte.

Le hago una síntesis, pero también le dejo enlaces de nuestros colegas periodistas de El Mundo, para que usted conozca a detalle la historia

(https://www.elmundo.es/espana/2019/04/05/5ca77f4afdddffb48a8b463b.html, https://www.elmundo.es/espana/2019/04/04/5ca65e7ffdddff0cbe8b46c0.html y https://www.elmundo.es/espana/2019/04/04/5ca6417cfdddff0b388b46c4.html): Ángel Hernández, de 69 años, ayudó a su esposa, María José Carrasco, de 62 años, a que tuviera un buen morir: le dio un vaso con agua y pentobarbital sódico, le acercó un popote, ella bebió, cerró los ojos y murió al fin, tal como quería desde tanto tiempo atrás.

Ella padeció esclerosis múltiple durante tres décadas. A los 32 años fue diagnosticada con esa enfermedad. Imagine usted que a esa edad empieza el deterioro vertiginoso de su vida, de su salud física y mental, hasta quedar sin trabajo, sin diversiones, sin viajes, sin sexo, inválida, de pronto como una muñeca de trapo, sin poder hablar ya, medio ciega, sin capacidad para leer y tocar el piano, como le gustaba hacerlo a María José. Una moribunda que tarda 30 años en fallecer.

Una agonía atroz. Una muerte en vida cada día. Una existencia despiadada.

Todos debemos tener el derecho al buen morir. A la eutanasia. Cada persona, si está sobreviviendo en condiciones deplorables para su dignidad y pudor, debe tener el derecho a recibir los paliativos que requiera, pero sobre todo las sustancias que le permitan trascender y morir, una vez que así lo decida, y que se despida en paz de quienes ama.

Hace dos años estuve un mes en un hospital. Mi vida estuvo en riesgo. La pasé muy mal. Padecí situaciones humillantes, vejatorias, y por eso escribí una columna (https://www.milenio.com/opinion/juan-pablo-becerra-acosta/doble-fondo/el-buen-morir-ya) en la que plantee la urgencia de que se legisle al respecto, con una visión liberal y misericordiosa: el Estado mexicano no es dueño de mi vida (ni de la de nadie). Todos los Ángel Hernández y María José Carrasco de México deben tener el derecho al buen morir.

A ver si alguna legisladora —o gobernante— visionaria y valiente, toma la vanguardia…

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