“A veces uno sabe de qué lado estar, simplemente viendo
quiénes están del otro lado”: Leonardo Cohen
Cada acto directivo en la Universidad de Coahuila (UdeC, la A de autónoma no aplica), queda salpicado de eufemismos.
Cerca de ella, desde 1984 –con prolongadas pausas hasta mi renuncia hace casi tres años- me hicieron conocer, y apenas por encimita, cómo es que la administran los grupos que adueñaron de ella.
Lo he dicho en otras oportunidades: la institución es, como la entidad, un territorio monárquico, bajo un control absoluto. Nada ni nadie se mueve si no es por decisión o a voluntad de sus “altas” autoridades.
Rectores llegan y se van, (a mi parecer el único que se salva de esta generalización es el finado Maestro Remigio Valdez Gámez), el grueso de las direcciones en los planteles que la integran en sus tres unidades (Laguna, Sureste y Norte), es parte del sistema monárquico con que opera y administra a los casi 42 mil estudiantes de su matrícula.
El interés por mantener el control en la casa de estudios pasa, desde luego, por los, en redondo, 4 mil 400 millones de pesos de presupuesto anual, ingresos que recibe del Subsidio Federal ($1,889.5 mdp), el Subsidio Estatal ($1,889.5 mdp), Fondos extraordinarios de $370 mdp) más Ingresos propios por $286.7 mdp.
En el punto de egresos, que se destina a sueldos, prestaciones, aportación extraordinaria al fondo de pensiones, gastos de operación y otros, se tiene contemplado ese total millonario. Es decir, lo que entra, sale.
El rector, Octavio Pimentel Martínez, “Pime”, ya no sabe qué decir respecto a la administración financiera de la UdeC.
Los gastos, recurrentes, son más de lo mismo, por lo que se apuesta a que pase el tiempo, que la inercia apague los focos rojos, que el eventismo distraiga al estudiantado de los factores clave que inciden en la conducción de la institución toda: corrupción y malversación diversa, nepotismo, tráfico de influencias, fraude académico, violencia contra estudiantes, contra la mujer universitaria, contra docentes disidentes, (el acoso se mantiene), nepotismo al por mayor, tráfico de influencias, abuso de funciones, aprovechamiento de información confidencial.
En la inauguración el pasado jueves del 26 Congreso Internacional de Medicina, en Ciudad Universitaria, el propio “Pime” dejó entrever que las cosas en la UdeC atraviesan por complicados asuntos internos.
Lo comento porque él, como nunca antes otro rector, insistió y pidió reiteradas veces ante los estudiantes presentes, en “darle vuelta” a la hoja, a la elección que al parecer dejó heridas en la Facultad de Medicina en la lucha por la dirección, y en la alta burocracia tuvo que aceptar el registro de cuatro candidaturas, algo inédito, que derivó en señalamientos duros.
No dejan de informarme de la intromisión de manos ajenas al plantel, desde Saltillo, y de amarres poco decorosos a los que tuvieron que recurrir para desahogar el entuerto eleccionario.
Algunos me hicieron saber su extrañeza de que haya sido invitado a la ceremonia el rector de la Universidad Tecnológica de Torreón (UTT), Carlos Alberto Centeno Aranda, pero no invitaron a las o los directores de las facultades de medicina en la Laguna de Coahuila y Durango, o quienes dirigen las escuelas de enfermería en la zona conurbada. Solo respondí que Carlos Centeno no pierde pisada en la UdeC, y que está más tiempo ahí que en la UTT, donde lo impuso el ex gobernador Miguel Ángel Riquelme.
Por cierto, esta semana circuló ampliamente una pieza acerca de la familia Centeno Aranda, y su presencia en la Unidad Laguna de la UdeC. Arturo Rodríguez, periodista de reconocida trayectoria, investigó y publicó, con detalles importantes, la creciente influencia de este clan universitario, mismo que se puede leer en https://elcoahuilense.com/los-centeno-un-nuevo-cacicazgo/
A la UdeC le urge concretar un acuerdo inteligente, razonado, razonable, de espíritu verdaderamente universitario, honesto, decente, ético, moral, para que su administración no profundice su manejo pervertido y contrario a lo que debe caracterizar a toda universidad, y más si es pública.
Que deje de ser botín político, que deje de ser un basamento priísta, que deje de ser la monarquía en que la han convertido desde hace década.
No sea que de aquí esas formas y estilos se trasladen al futuro en otras latitudes e instancias.
Que haya un Acuerdo de Transformación, seria y profunda, que incluya la voz y voto de estudiantes y maestros, sería lo deseable.
El único mejor regalo a la institución en su 68 aniversario.