La semana pasada se confirmó que la inflación está lejos de resolverse. En México y en Estados Unidos los datos sorprendieron al alza y llevaron la tasa anual a 4.6 y 3.3 por ciento, respectivamente, ambas por encima del rango objetivo. El factor detrás es claro: la presión en energéticos, particularmente en el petróleo, vuelve a distorsionar la trayectoria de los precios. El problema no ha desaparecido, sólo cambió de forma.
En este contexto, las minutas de la Reserva Federal y del Banco de México dejan ver una divergencia cada vez más clara. La Fed mantiene un tono de cautela y descarta, por ahora, cualquier recorte de tasas, reconociendo además el riesgo de que el conflicto con Irán prolongue las presiones inflacionarias. No solo ve inflación, ve riesgos.
Banco de México, en cambio, empieza a moverse en sentido contrario. El recorte a 6.75 por ciento fue dividido y se justifica bajo la idea de un repunte inflacionario transitorio, con espacio para un ajuste adicional. Aquí está el punto: México comienza a bajar tasas mientras Estados Unidos no puede. Y eso, tarde o temprano, presiona.
El mercado ha sido complaciente, pero ese equilibrio es frágil. En un entorno donde la inflación sorprende y la geopolítica escala, el diferencial de tasas y el tipo de cambio dejan de ser anclas y se convierten en variables de riesgo. La ratificación de Fitch Ratings en BBB- con perspectiva estable ayuda, sí, pero no cambia el fondo. El soporte estructural sigue siendo limitado.
A esto se suma un frente externo cada vez más tenso. El conflicto entre Irán y Estados Unidos volvió a escalar y la decisión del presidente Donald Trump de bloquear el estrecho de Ormuz reintroduce volatilidad en el peor momento posible. Más presión en petróleo implica mayor presión en la inflación. Así de directo.
Europa, por su parte, envía una señal política relevante con la derrota de Viktor Orbán frente a Péter Magyar. No mueve mercados por sí solo, pero sí cambia el tono en un entorno donde la política pesa cada vez más.
El mensaje es claro: inflación persistente, bancos centrales desalineados y geopolítica escalando. La política monetaria ya no está en control total del escenario. Está reaccionando.
Y cuando la política monetaria reacciona en lugar de anticipar, el mercado deja de confiar… y empieza a exigir.