Para algunos, la historia de León se cuenta en 500 años y otros días más. No tienen la exploración precisa y eficaz porque no miran al Año 900 de nuestra era común. Tampoco vislumbran del Año 3 al 1,500.
Nuestra primigenia carta de identidad y pertenencia se pierde en el tiempo-espacio.
Lo anterior es natural porque procedemos de una concepción del tiempo venida del judeo-cristianismo que inventó la noción del tiempo lineal desde el principio 1.
Dicho esto, se puede dividir nuestra historia en tres tiempos lineales si acudimos al amparo de la Mexamérica a la Nueva España según don Wigberto Jiménez Moreno.
Luego a la transformación del aborigen de Norte y Sur de Anáhuac hasta la época de la conquista en el siglo XVI, que, se convierte en expresión nueva en la cultura al contacto con el hombre europeo. Es decir, nos conducen a reconocer “el sentido mágico religioso del habitante del Nuevo Mundo al contacto con el impetuoso y audaz europeo, y con el sensible y emotivo africano, así como el enigmático amarillo en su mestizaje forman los perfiles de la auténtica expresión neoamericana de la cultura”, según don Antonio Pompa y Pompa.
Después, con la gesta de Independencia y su consumación, la Villa de León fue elevada a la categoría de Ciudad de León de los Aldamas, dedicada a los hermanos Juan e Ignacio, el 2 de junio de 1830 y justo allícomenzamos a soñarnos como ciudadanos…
Tenemos entonces una expresión genuina que ayuda a congraciarnos con las expresiones culturales de la humanidad porque lo anterior sintetiza el acuerdo de las muchas razas. Dicho sea de paso, a esto se le llama mestizaje.
Por otro lado, lo dijo bien el historiador leonés aludido: “Los nuevos vientos no se modifican, pero circulan mejor a través de los viejos cauces”. De allí que “la verdadera identidad es cuestión, de lo que somos y lo que hacemos. Debe incluir todo lo que heredamos de nuestros más remotos antepasados”(Phillip Pullman: 2010).
Entonces, la huella del hombre significa para quien obtiene su sentido de pertenencia. Más bien para quien lo desarrolla. Comparte su historial, de ida y vuelta, y vincula origen, pero también estatus presente, así como el final catastrófico que muchos de nosotros hemos pensado, pero además engendrado por querer ser más que el otro.
El poder es lo que importa. Si se sostiene con el dinero, mejor. La educación se diluye porque no interesa demostrar que somos herederos de lo que se conoce como “el tercer hombre”. Este concepto histórico que “unifica los múltiplos de cultura que el hombre ha elaborado en toda la existencia de la humanidad”.
Al no tener noticia, por ejemplo, de nuestra familia directa, hablo de los simios y los gibones, por estos lares nos impacta de sobremanera que en un sitio tan lejano como Kenia aparezca un cráneo de 13 millones de años: Nyanzapitechusalesi lleva por nombre, mejor conocido como Alesi individuo de Napodet.
Pero no interesa a la población del rumbo del Bajío lo anterior porque su lejanía geográfica e intelectual es inmensa, aunque la síntesis de todas las razas y de todas las expresiones culturales de la humanidad confluya.
Por cierto, el legado del Colegio de Tlatelolco (1536) establecido un siglo antes que la Universidad de Harvard educó a los hijos de los poderosos mexicas donde “se les enseñó a leer y a escribir en su propia lengua náhuatl y en español y latín”.
Los frailes franciscanos buscaron tener mejores cristianos que los viejos europeos. Uno de ellos, el Bachiller Alonso Espino hizo lo propio, pero no logró del todo conquistar los corazones de los indios… Se perdió el mestizaje somático.
Pero se abrió luego el aspecto mágico-religioso que hasta nuestros días influye en el marco político-social.
Perdimos entonces la oportunidad de tener una grandiosa expresión cultural elaborada desde el Bajío. De repente se nos diluyó en León y su Zona Metropolitana “el acto de corresponder o pertenecer a un espacio vital”. Hoy nos consideramos ciudadanos del mundo, desvinculados de nuestra propia comunidad y de sus valores (Carlos A. Navarro Valtierra dixit).
Si antaño ser hombre del Bajío significaba ser hombre auténtico, para el leonés actual no le significa nada, pues bajo la tutela identitaria del himno secular La vida no vale nada, de José Alfredo Jiménez se justifica a la pobreza y al sufrimiento y se impone la falta de respeto, “con cierta agresividad”. Quiero decir, el ejercicio del poder por el poder.
El cronista de la ciudad lo conceptualiza de manera tajante: Tenemos, afirma, “una identidad: triunfalista, individualista, globalista, moderna, irrespetuosa a la autoridad en general, por sentimientos de igualdad”. Y culmina su reflexión con una frase lapidaria: “Temor al cambio”.
Dicho temor consiste en las minucias culturales que tenemos y las enormidades de otros sectores que imitamos porque creemos que están mejor que nosotros.
El día que aprendamos a tomar “conciencia histórica tendremos una catarsis, una liberación de nuestro inconsciente sociológico un tanto análogo a la que en plano psicológico trata de conseguir el psicoanálisis…” 2.
¿Será pedir mucho?
Yo creo que sí debemos “conseguir al través de la historia una terapia colectiva” 3. Nos ayudaría mucho a repensar en León y certificar sus identidades en movimiento.
...........................
* Editor fundador de Grupo Ochocientos y actual director del Centro de Investigación y Estudios Literarios de León (CIEL-LEÓN).
Notas
1 Luis González y González, La historia académica y el rezongo del público. Presentación: Antonio Gómez Robledo. Contestación: Silvio Zavala, El Colegio Nacional, 2013 1ª. Edición.
2 Ibid. p. 34
3 Ibid. p. 34