Campeona y soberana, la selección francesa escribió esta semana sobre un pedazo de papel los nombres y apellidos de un equipo que al leerlos, causan ese cosquilleo tan futbolero en el estómago por verlo jugar. Envidia de la buena, para cualquier aficionado al futbol, provoca desdoblar una lista encabezada por Lloris, Lucas, Kimpembe, Varane, Pavard, Rabiot, Kanté, Pogba, Griezmann, Mbappé y el indultado Benzema, que se perdió por estupideces el último Mundial.
En este momento, Francia es uno de los mejores equipos del mundo, una de las canteras más desarrolladas y el principal proveedor de talento en las cuatro grandes ligas donde acumula una centena de futbolistas repartidos en la Bundesliga con 29 jugadores, 25 en la Premier, 21 en LaLiga y 19 en la Serie A. Con ese catálogo de estrellas, asteroides y cometas a su disposición, Didier Deschamps, de percha napoleónica y galones a través del tiempo, funciona como albacea de una herencia universal.
La Eurocopa que arranca el próximo 11 de junio, romperá un largo ayuno de verdaderos torneos de selecciones que son los que emocionan y alegran al verano. Ubicados en el Grupo F con sede en Múnich y Budapest, los franceses nos señalan dos fechas que debemos ir apuntando en el calendario: 15 de junio contra Alemania, y 23 de junio ante la defensora del torneo, Portugal.
No parece haber en los cuatro puntos cardinales y en ambas orillas del Atlántico, una selección con tantas prestaciones, recursos y capacidad rumbo al 2022 en Qatar.
Solo dos selecciones en la prehistoria de los Mundiales han logrado repetir el título: la bicampeona Italia del 34 y 38, y el bicampeón Brasil del 58 y el 62. Francia tiene muchas posibilidades de lograrlo si continúa con ese juego que respeta sus principios más clásicos: clase, elegancia y velocidad, y mantiene la evolución de un equipo que asume los emocionantes riesgos de la juventud: rebeldía y revolución.
José Ramón Fernández Gutiérrez De Quevedo