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Lunes , 18.03.2019 / 18:13 Hoy

El Santo Oficio

Una estrella pop

José Luis Martínez S.

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En vez de orar, el cartujo mira la televisión por las mañanas; no es recomendable, pero desde hace tres meses se le ha vuelto un hábito, una manera de confrontar sus negativas percepciones sobre la realidad nacional con el discurso del poder, siempre optimista, en ocasiones chancero, a veces rudo, nunca aburrido. Lo reconoce: es un adicto al stand up matutino del mago de la propaganda instalado en la Presidencia de la República.

En la era del espectáculo, todo se vuelve entretenimiento y esas sesiones son el ejemplo perfecto, un recurso infalible de su protagonista para estar cada día bajo los reflectores, para ser motivo de comentarios, a favor o en contra, no importa, en la calle, en las redes sociales, en los medios, desde el amanecer hasta altas horas de la noche.

En el sitio digital Noticias 321, la reportera Elidet Soto documenta la relevancia del mandatario mexicano como influencer por sus números en las redes sociales (tiene cuentas personales en Facebook, YouTube, Twitter e Instagram, utiliza las plataformas del gobierno federal y sus conferencias están disponibles en Spotify). En las redes, comenta, se maneja como un experto: “sus videos o fotos en donde sale comiendo algún antojito o practicando beisbol son todo un hit, y no se diga sus famosas conferencias mañaneras (que) en YouTube se posicionan todos los días en las tendencias mezclándose con videos de K-pop, algún challenge de moda o algún partido de futbol”. Ante esta situación, los comentarios resultan ociosos.

Políticos-animadores

En el libro Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida (Paidós, 2016), una conversación por escrito entre Zygmunt Bauman y Leonidas Donskis, éste recuerda a grandes personajes de la política europea del siglo XX: Winston Churchill, Charles de Gaulle, Willy Brand, y al compararlos con los políticos actuales afirma: no son de la misma estirpe: “Ahora son estrellas de la cultura pop. En la mayoría de los casos funcionan como un nuevo tipo de políticos-animadores”. Lo mismo acontece en México: no tenemos una figura de la talla de Lázaro Cárdenas en la Presidencia, sino a un infatigable catequista pródigo en bendiciones, anatemas y denuncias, algunas lo bastante graves como para haber pasado antes por el territorio del Poder Judicial, pero a él no le preocupa tanto cumplir las leyes —excepto las hechas a su medida— como llamar la atención, seguir aumentando su impresionante popularidad, estar rodeado de decenas de cámaras y micrófonos. El rating para él no es lo primero, sino lo único.

Donskis, filósofo y dramaturgo lituano nacido en 1962, reconocido por su defensa de los derechos humanos, lamenta la falta en Europa central y del Este de un auténtico diálogo entre los actores políticos —incluidos, por supuesto, los intelectuales liberales— mientras prospera “un planteamiento unidimensional, doctrinal y partidista”, como pasa en nuestro país, donde solo una voz importa y se escucha en todos los rincones, como en la edad de oro del priismo, reciclado con otro color (magenta para más señas) y otro nombre, pero con la misma ambición de poder absoluto, aunque ahora revestido de misticismo.

“En política —dice Donskis— nadie posee el monopolio de la verdad, y lo mismo se aplica a la virtud y la ética en general”, en los encuentros matinales, tal vez alguien podría preguntarle, respetuosamente, al dueño del escenario su opinión acerca de esta idea, o de esta otra del mismo autor: el derecho a equivocarnos “durante mucho tiempo ha sido un aspecto ineludible de la libertad”. ¿Asume él este derecho? ¿Alguna vez se ha equivocado, digamos en sus decisiones sobre las estancias infantiles o los refugios para mujeres víctimas de violencia extrema, o en sus acusaciones contra algunas personas a quienes se vulnera la reputación sin probarles después ningún delito?

La bella utopía

En el cierre de su discurso por los primeros 100 días de su gobierno, el Presidente dijo: “Vamos a seguir construyendo, entre todas y todos, la bella utopía; vamos a seguir caminando hacia ese gran ideal en una patria nueva, libre, justa, democrática y fraterna”. Quizá le faltó agregar: una patria sin disidencia, como por lo regular ocurre en las bellas utopías; una patria donde desde el poder se descalifica y agrede a los adversarios, como ha sucedido tantas veces en la historia de México.

En una época de desencanto político, Andrés Manuel López Obrador es un fenómeno de popularidad, con alrededor de 80 por ciento de aceptación y una impresionante numeralia en las redes sociales. De acuerdo con Elidet Soto, hasta el 10 de marzo tenía 5.6 millones de seguidores en Facebook, 5.32 millones en Twitter, 838 mil en YouTube y 324 mil en Instagram. Es un presidente conectado, consciente de los grandes réditos de estar visible todo el tiempo, tomándose fotos con sus admiradores, haciendo chistes, lanzando puyas. Dice Donskis: “Solo dos cosas importan en el mundo de la sociedad tecnológica y consumista, tal como lo retrata Michel Houellebecq (en La posibilidad de una isla): el entretenimiento de la política y la política del entretenimiento”. En eso estamos, y al parecer ahí nos vamos a quedar.

Queridos cinco lectores, con solidaridad para Enrique Krauze y Fernando García Ramírez, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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