Política

El lector sanguinario

El cartujo se abisma en la biografía de Stalin: La corte del zar rojo (Crítica, 2017), de Simon Sebag Montefiore. Es un libro de 854 páginas —137 de notas— sobre un mundo de traiciones y terror, “poblado por asesinos, fanáticos, degenerados y aventureros”. Por aquí desfilan familiares, amigos y cómplices de Stalin, todos ellos probables adversarios y víctimas de su psicosis, encumbrados en algún momento y en otro, tal vez, aniquilados sin miramientos.

Iosiv Stalin, uno de los más grandes criminales de la historia, fue un lector obstinado, un amante de la literatura, con una biblioteca de 20 mil volúmenes, con obras de todos los autores rusos y de extranjeros como Wilde, Maupassant, Anatole France, Victor Hugo, Goethe, Zola, Balzac, Steinbeck y Hemingway.

“Desde luego —escribe Sebag Montefiore— podemos afirmar sin temor a la exageración que Stalin fue el gobernante más leído de Rusia desde Catalina la Grande hasta Vladímir Putin, más incluso que Lenin, que fue un intelectual nada despreciable y había gozado de las ventajas de la educación de un aristócrata”. Stalin —llamado Soso o Koba—, en cambio, hijo de un zapatero remendón y una costurera, era autodidacta, pero desde la adolescencia fue un lector voraz “que sabía distinguir entre los intrusos y los genios”.

“Koba el Temible”

Stalin disfrutaba platicar con narradores, poetas, dramaturgos, hacerles comentarios y críticas sobre sus libros, aceptadas con docilidad por casi todos, por miedo o conveniencia. En un célebre discurso en la casa de Gorki, dijo: “Los escritores son ingenieros del alma humana”. En Koba el Temible (Anagrama, 2004), al explicar la frase, Martin Amis dice: “no es solo una jactancia grandilocuente: es una descripción de lo que él quería que fuesen los escritores bajo su mando. No comprendía que los escritores de talento no pueden ir contra su talento para sobrevivir, que no pueden ser ingenieros. Los escritores sin talento pueden, o pueden intentarlo; era una gran ventaja ser un escritor sin talento en la URSS y una tremenda desventaja tenerlo”.

Stalin leía mucho, pero eso no lo hacía mejor persona. También Hitler era aficionado a la lectura y tenía una biblioteca con más de 15 mil volúmenes: “50 por ciento versaban sobre la guerra —escribe Juan Domingo Argüelles en ¿Qué leen los que no leen? (Paidós, 2003)—, pero en la otra mitad había filosofía, literatura, religión, historia, viajes, biografías, teatro, pintura, arquitectura, etcétera”. Entre sus autores estaban Cervantes, Daniel Defoe, Jonathan Swift, Goethe, Ibsen, Romain Rolland, Jünger y Spinoza. Tampoco Hitler, lo sabemos, se caracterizaba por su espíritu humanitario.

El “Generalísimo de los ejércitos” era tolerante con los escritores, hasta cierto punto. No soportaba los reproches de nadie y quienes se le opusieron acabaron mal, aunque admirara su obra. Respetó a Pasternak y Bulgákov no enviándolos a la cárcel, pero sus libros fueron proscritos. Mandelstam, quien escribió unos versos en su contra, fue condenado al destierro, donde murió el 27 de diciembre de 1938. Meyerhold, director teatral y actor, crítico del teatro oficial, fue hecho prisionero y torturado (“Aullaba y lloraba de dolor […] no podía dejar de llorar”, le escribió a Molotov desde la cárcel, esperando inútilmente su ayuda). Unos días después de su arresto, su esposa, la actriz Zinaida Raij, fue asesinada en su casa de 17 puñaladas. Finalmente, Meyerhold fue fusilado el 2 de febrero de 1940. Isaak Bábel, tanto tiempo cercano al sistema, se fue alejando del realismo socialista y con ello del afecto de Stalin. El 15 de mayo de 1939 fue arrestado, llevado a juicio el 26 de enero de 1940 y fusilado al día siguiente, acusado de espionaje y terrorismo, los delitos favoritos de Stalin y sus esbirros. También Anna Ajmátova, Nadezhda Mandelstam, Marina Tsvetáyeva y muchos otros escritores padecieron la barbarie de un imperio de fanáticos, en el cual el líder indiscutible era un apasionado lector.

La lección de Gorki

En el mundo sanguinario de Stalin se levantó un altar a Máximo Gorki. El célebre escritor vivía en Italia desde 1921, en un exilio voluntario provocado por sus desacuerdos con Lenin. Con halagos y dinero, Stalin lo convenció de volver a la URSS, en 1931. Le dio todo y Gorki correspondió con sus opiniones y su pluma. Apoyó sin reservas la política del régimen, escribió contra los campesinos, se mostró a favor del trabajo de mano de obra esclava. “Hizo una gira por los campos de concentración —dice Sebag Montefiore— y se declaró admirador de su función reeducadora”. Stalin deformó irremediablemente “su talento e integridad”, como dice Amis.

Esa es la lección de Gorki: los escritores de talento también pueden ser comprados, cooptados por el poder, la ambición y la vanidad. Eso lo sabía Stalin cuando decidió darle su nombre al Teatro de Arte de Moscú.

Sebag Montefiore consigna un diálogo entre el burócrata literario Iván Gronski y el jefe soviético:

—Pero camarada Stalin, el Teatro de Arte de Moscú realmente está más relacionado con Chéjov —le dijo Gronski.

—No importa, Gorki es muy vanidoso. Debemos atarlo con sogas al Partido —replicó Stalin.

Como bien lo sabe George Steiner, la cultura por sí sola no crea mejores seres humanos y los lectores más dedicados no son necesariamente buenas personas. Para eso hace falta —como dice Rob Riemen— la nobleza del espíritu.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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José Luis Martínez S.
  • José Luis Martínez S.
  • Periodista y editor. Su libro más reciente es Herejías. Lecturas para tiempos difíciles (Madre Editorial, 2022). Publica su columna “El Santo Oficio” en Milenio todos los sábados.
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