• Regístrate
Estás leyendo: El eterno femenino
Comparte esta noticia
Sábado , 20.04.2019 / 22:36 Hoy

El Santo Oficio

El eterno femenino

José Luis Martínez S.

Publicidad
Publicidad

El eterno femenino es una broma, dice Virginie Despentes. Es penoso ser mujer, afirma en Teoría King Kong (Random House, 2019), pero, abunda, es más difícil ser hombre: con sus miedos y sus taras, con la obligación de ser viril en todo momento, de no flaquear nunca, de imponer su voluntad, de reprimir sus emociones. Despentes se siente orgullosa de ser fuerte, independiente, directa. Para ella, las mujeres siempre han sido el sexo del aguante, de la valentía, de la resistencia. No han tenido otra opción y la historia lo confirma una y otra vez.

El cartujo lee Teoría King Kong en el Día Internacional de la Mujer, se detiene cuando, por la radio, escucha la voz de Andrés Manuel López Obrador en Palacio Nacional proponiendo una consulta popular para decidir sobre la despenalización del aborto en el país. Evade pronunciarse al respecto: “porque esto es un movimiento democrático, no lo olvidemos, y nosotros representamos a todos los ciudadanos”, dice ante un auditorio alebrestado de 300 mujeres (no todas en desacuerdo con él). Tiene razón Despentes, es más difícil ser hombre, sobre todo un hombre de poder receloso de las opiniones y los reclamos contrarios a sus ideas y principios morales y religiosos, aunque sea jefe de un Estado laico (no de un “movimiento”) y justifique su falta de claridad en algunos asuntos con argumentos camuflados de espíritu democrático.

El aborto y el mal ejemplo

En la semana, el Congreso de Nuevo León aprobó una ley antiaborto, Lilly Téllez, senadora de Morena, prometió presentar una iniciativa para proteger la vida humana “desde la concepción”, para Ricardo Monreal, líder de Morena en el Senado, el tema “no es prioritario” y no será deliberado en esa Cámara. Nadie lo dice, pero esta defensa de “la vida” es también, de algún modo, un enaltecimiento de la maternidad, piensa el monje, quizá equivocado, al retomar las palabras de Despentes: “La maternidad se ha vuelto el aspecto más glorioso de la condición femenina. Es también, en Occidente, el dominio en el que el poder de la mujer se ha intensificado más”. La madre domina a los hijos (mujeres y hombres), los encamina, los castiga si no obedecen, y todo lo hace por su bien. Es una réplica doméstica de la organización social: “el Estado siempre vigilante sabe mejor que nosotros lo que debemos comer, beber, fumar, ingerir, lo que podemos ver, leer, comprender, cómo debemos desplazarnos, gastar nuestro dinero, distraernos”. El Estado nos protege, como si fuésemos niños incapaces de tomar decisiones, aunque a la larga eso no pueda conducir sino al desastre.

Virginie Despentes no es buen ejemplo en el tiempo mexicano de la 4T. Para empezar, se denomina una mujer dura, insumisa. En Teoría King Kong resume su historia: nació el 13 de junio de 1969 en Nancy, al noreste de Francia, comenzó a tomar la píldora y tener sexo a los 14 años, se fue de su casa a los 17, se volvió punk, tuvo algunos trabajos modestos e hizo de su vida un papalote. “Me he acostado con cientos de hombres —dice— y nunca me he quedado embarazada y, de todos modos, sabía dónde abortar sin necesidad de autorización, sin poner mi vida en peligro. He sido puta, me he paseado por la ciudad con tacones altos y escotes largos sin rendir cuentas a nadie, cobraba y gastaba cada céntimo que ganaba. He hecho autoestop, me violaron y después volví a hacer autoestop”.

En su libro defiende la legalización de la prostitución: “Cuando impedimos que las putas trabajen en condiciones decentes, atacamos directamente a las mujeres, pero también buscamos controlar la sexualidad de los hombres”, afirma contundente. Las buenas conciencias se oponen a este hecho, pero poco o nada dicen de los bajos salarios de las mujeres, del acoso laboral, de la insatisfacción sexual y el maltrato en el matrimonio. Nada de quienes “se acuestan con hombres viejos y feos, muermos, idiotas hasta la depresión, pero socialmente poderosos”, dispuestos a satisfacer los costosos caprichos de sus jóvenes y bellas amantes o esposas, sus trofeos.

Para Despentes, la violación es “la herida de una guerra que se libra en el silencio y la oscuridad”. Tenía 17 años cuando fue atacada junto con una amiga por tres muchachos de quienes aceptaron un aventón. Era noche, llevaban minifalda, una tenía el pelo verde y la otra naranja. Ellas se lo buscaron. No importa si las llevaron a un sitio sin escapatoria, si les pegaron hasta hacerlas sangrar, si las amenazaron. No importa si lloraron antes y después, “eso no cambia nada; en la mayoría de los casos, el violador se las arregla con su conciencia: no ha sido una violación, era una puta que no se asume y a la que él ha sabido convencer”, dice con sarcasmo. Ella rompió el cerco del silencio, escribió una novela sobre esa experiencia (Baise-moi) y la hizo película, censurada por pornográfica. Su historia escandalizó, algunas mujeres la criticaron por violenta; “la violencia —decían— no es la solución contra la violación”. La única violencia tolerable después de una violación, es la de las víctimas contra ellas mismas: sentirse culpables, sustraerse del deseo, encerrarse para no volver a ser agredidas.

Virgine Despentes no cayó en esa trampa, siguió viajando de aventón, ejerciendo su libertad, escribiendo, viviendo la aventura colectiva del feminismo, una aventura “para las mujeres pero también para los hombres”.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.