La información es vieja, como lo es a cada instante en estos días de confusión y vértigo, pero es pertinente insistir una vez más en ella: el 1 de octubre desapareció el nombre de Gustavo Díaz Ordaz de seis estaciones del Metro y de la Sala de Armas de la Magdalena Mixhuca. Así lo decidió el jefe de Gobierno de Ciudad de México, José Ramón Amieva, fue su contribución al recuerdo de la tragedia de hace 50 años en Tlatelolco.
El cartujo piensa en este hecho al leer el artículo de Armando González Torres titulado “¿Qué hacer con los malditos?”, publicado en el suplemento cultural Laberinto, donde rememora la decisión de Gallimard de suspender, a principios de este año, la edición de los textos antisemitas de Louis-Ferdinand Céline, disponibles, por otra parte, en internet. Dice González Torres: “La postura de Céline es injustificable; sin embargo, esconderlo bajo la alfombra no soluciona nada”. En su argumentación cita al filósofo español Reyes Mate, quien desde hace mucho tiempo se dedica a reflexionar sobre la importancia de la memoria no solo en la comprensión del pasado sino, sobre todo, en la construcción del futuro: “A autores como Céline —escribe Reyes Mate—, cuyas posiciones políticas contribuyeron al desastre, conviene recordarlos porque fueron muy significativos. Si no los tienes en cuenta no te explicas lo que sucedió. Hay que leer críticamente a Céline, como a Heidegger o a Jünger, porque representa un momento del pasado que ha tenido una importancia enorme en la historia. Difícilmente se puede construir una historia diferente a lo que ellos significaron si no se tiene en cuenta que existieron”.
Textos de Céline como Bagatelas para una masacre o La escuela de los cadáveres son indignos, pero censurarlos en Francia es una estupidez, como lo es quitar las placas con el nombre de Díaz Ordaz en las obras realizadas durante su gobierno en Ciudad de México. Reyes Mate habla del deber de la memoria: contribuir a ensanchar los límites conocimiento. “Al conocimiento —afirma— se le escapa mucha realidad, entonces la memoria es la que nos dice: ¡Esa realidad ha existido y por tanto hay que tenerla en cuenta a la hora de pensar el presente y el futuro!” GDO es un maldito en nuestra historia, pero en todo caso no estuvo solo y tratar de ignorarlo es una tontería.
Por cierto, cuando le preguntaron a Paul Auster, de origen judío, acerca de la decisión de no publicar los panfletos de Céline en Gallimard, lo lamentó. Y explicó sus razones: “Porque es un gran escritor, un gran escritor que cometió errores de juicio, pero creo que hay que entenderlo todo sobre él y suprimir (estos escritos) no es una buena idea, aunque sea chocante y repugnante”.
Intelectuales del poder
En el libro
La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968, publicado por primera vez en 1998 y ahora reeditado por Era, Jorge Volpi crea una impresionante panorámica de ese tiempo convulso, de cambios y calamidades, de crímenes atroces como el ocurrido en la Plaza de las Tres Culturas.
Al referirse a la actitud de los intelectuales mexicanos después del 2 de octubre, Volpi habla de los críticos del gobierno, también de sus incondicionales y de quienes, como Elena Garro, asumieron el papel de delatores o terminaron arrinconados por el miedo, como Agustín Yáñez, secretario de Educación, autor de
Al filo del agua.
Olvidar a Díaz Ordaz, borrar su nombre de todo cuanto hizo, llevaría a olvidar muchas otras cosas, a mucha gente. El nombre y la obra, por ejemplo, de Elena Garro, la gran escritora de
Recuerdos del porvenir.En aquellos días, en una larga entrevista con Óscar del Rivero para
El Universal, acusó a Luis Villoro, Lepoldo Zea, Jesús Silva Herzog, José Luis Cuevas, Carlos Monsiváis y a muchos otros intelectuales —más de 500, dijo, entre nacionales y extranjeros— de ser responsables del movimiento estudiantil y su funesto desenlace. Ellos, señaló, “son los que han llevado a los estudiantes a promover la agitación y el derramamiento de sangre, y ahora esconden la cara. Son unos cobardes, unos cobardes”.
Volpi cita también un pasaje del libro
Cómo se gana la vida, de Ricardo Garibay, “cercano a Díaz Ordaz”. Con su estilo seco y filoso, Garibay narra una visita de Yáñez a Los Pinos en los primeros días del movimiento estudiantil. Apocado, antes de retirarse le entregó un papel al presidente. Éste lo leyó, lo rompió, arrojó los pedazos al escritor y, alzando la voz, le dijo:
—Se ha tardado usted más de la cuenta. Y ya debería saberlo: a mí ningún hijo de la chingada me renuncia. (…) ¡Váyase a cumplir un poco mejor su cometido!
En esta imagen, dice Volpi: “Yáñez no deja de parecer una figura patética y dolorosa, incapaz de enfrentarse al poder de su jefe e igualmente incapaz de aceptar su responsabilidad en la represión”.
Por esos errores, por esas actitudes, ¿debemos dejar de leer a Yáñez o a Garro? ¿Y a Martín Luis Guzmán? En su estudio, Volpi cita unas palabras del autor de
El águila y la serpienteen su discurso del 7 de julio de 1969, día de la libertad de prensa. Ante Díaz Ordaz acusó al movimiento estudiantil de disponer de grandes recursos económicos, por lo mismo “difícil de combatir porque el brazo de su acción callejera lo formaban sectores juveniles engañados y manejados desde la sombra”.
El importante recordar, reflexionar sobre el 68 mexicano, sin excluir a ninguno de sus protagonistas, ni a los buenos ni a los malos. Ese es el deber de la memoria.
Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.