Sociedad

El humano multifacético y la locura.

Para todas las madres que están. Y para las que ya no, como es la mía: María Elena.

Me encuentro en la lectura de un libro que me ha dejado expuesto por distintos flancos: escrito por un ateo para reseñar la vida y el viaje de un Papa. Una mezcla de biografía, opiniones personales sobre religión, política y conocimiento de los seres humanos. Novelista, uno de los más destacados de la actualidad en España, sin filtros, sin ataduras, pero con muchas posturas.

El libro lleva por nombre El loco de Dios en el fin del mundo, (Random House, 2025) y hace referencia a dos personajes de la Iglesia Católica que vivieron distintos tiempos y circunstancias. Como punto de partida –y de paso- el más antiguo, Francisco de Asís, un hito transformador desde las entrañas de una iglesia que se dice universal: la católica. Y que intentó forjar una nueva actitud social y moral de humildad, frente a lo que la jerarquía eclesiástica y los intereses de los poderosos de su tiempo habían pervertido y alejado de las virtudes auténticamente cristianas, llamando hermanos al lobo, al agua, al sol, a cada uno de los animales y las plantas. Pero especialmente a sus congéneres y prójimos.

El otro es Jorge Mario Bergoglio, quien en el ejercicio del papado [cargo principal de la monarquía absoluta que es el Vaticano] decidió autonombrarse Francisco en homenaje a las acciones y actos de Francisco, el de Asís. Como un ejemplo a seguir. Aunque era jesuita, congregación de la cual surgió, pero terminó enemistado, Bergoglio decidió inclinarse por los pobres y los necesitados en su carrera eclesiástica. No es que los jesuitas no tengan los mismos objetivos. Los tienen. Las formas y los medios son los que los distanciaron.

Dos locos de Dios: Francisco, el de Asís, y Francisco, el de Buenos Aires. El argentino al que un diario colombiano en su asunción al papado -dice Javier Cercas- tituló a ocho columnas la noticia con un “Es argentino, pero modesto”. Y un tercero ateo, Cercas, sin Dios.

El libro es una delicia. Desde la portada es, valga la expresión, un portento. Una enorme representación de Gengis Kahn, sentado, vestido con sencillos ropajes, más de reposo que de gala; recibiendo, como si en vida lo hiciera en su palacio, a un personaje vestido de blanco, con la vestimenta del cargo papal, a punto de llegar a lo último de una escalinata blanca con alfombra roja en el medio, detenido con humildad, para sostener un encuentro con el gran gobernante y conquistador mongol. Una alegoría visual con mensaje impactante.

Y Javier Cercas antes de comenzar la narrativa nos alerta:

“Soy ateo. Soy anticlerical. Soy un laicista militante, un racionalista contumaz, un impío riguroso. Pero aquí me tienen, volando en dirección a Mongolia, con el anciano vicario de Cristo en la Tierra, dispuesto a interrogarle sobre la resurrección de la carne y la vida eterna. Para eso me he embarcado en este avión: para preguntarle al papa Francisco si mi madre verá a mi padre más allá de la muerte, y para llevarle a mi madre su respuesta. He aquí un loco sin Dios persiguiendo al loco de Dios hasta el fin del mundo”. Tres locos ya en escena. El de Asís, el argentino y el español. Unos con Dios, y él sin ninguno. Tremenda tarea la que ha emprendido en honor y búsqueda de una respuesta para su madre viva.

Es el libro una mezcla de géneros e inquietudes del autor teniendo como eje a la persona que realizó la invitación para el viaje a Mongolia: el papa Francisco. “Decidí que, [nos dice Cercas] si escribía sobre el papa, estaba obligado a escribir un libro distinto, tan extravagante como fuera posible, una mezcla de crónica y ensayo y biografía y autobiografía, un experimento friki, un cajón de sastre, a ser posible un banquete en muchos platos, una locura solidaria con la demencia del loco de Dios, un experimento alegre y chiflado, un batiburrillo de géneros en cuyo corazón centellearan, como pedazos ardientes de lava en una cráter activo la resurrección de la carne y la vida eterna”

Y con firmes cimientos en la alegría y la ironía, conductas humanas que alababa el papa Francisco, emprende la aventura que lo lleve a regresar con su madre a España a llevarle una respuesta. Y el Vaticano acepta el planteamiento del escritor; le da luz verde, y este excepcional libro del siglo XXI queda como testimonio a un ser humano que fallecido, sigue dando de qué hablar y que aprender; que dejó huella en la Tierra.

Y vaya una probada de lo que me interesa enfocar, pero que por espacio trataré hasta la siguiente entrega: nos remite Cercas a una cita del filósofo Montaigne: “Hay tanta diferencia entre nosotros y nosotros mismos como entre nosotros y los demás” pero añade el escritor español: “La identidad individual es un concepto problemático (no digamos la colectiva, que es una fantasía); no somos uno: somos multitud. Bergoglio no constituye una excepción a esta norma: carece de sentido afirmar que el Bergoglio infantil que pegaba patadas a un balón en la calle Membrillar, donde nació, es exactamente el mismo que el cardenal…, o que el adolescente que devoraba publicaciones comunistas…, es idéntico (también) al anciano de setenta y seis años que el 18 de enero de 2015 celebró en Manila una misa a la que, según el computo de las autoridades filipinas, asistieron seis millones y medio de fieles”.

Y tu lectora, lector: ¿eres el mismo de hace diez, veinte años? ¿o el del año pasado?


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José Luis Castellanos González
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