Sociedad

Al amigo que se va

Para mi amigo Jorge Alberto Alatorre Flores, en su partida.

Escribo esta columna en un día diferente al que regularmente lo hago. La muerte de mi amigo Jorge Alatorre Flores el fin de semana pasado me lleva a adelantar teclazos y escribir con el sentimiento de su partida. Siento que cada familiar y amigo que se va de este mundo terrenal (valle de lágrimas –dice la teología católica-) me arranca algo de mis vivencias y momentos compartidos.

Conocí a Jorge de muy joven (teniendo cerca de veinte años -más o menos) cuando compartíamos las mismas inquietudes políticas y éramos un grupo de muchachos activos que pensábamos que podíamos cambiar muchas cosas. Del estado y del país. Nos reuníamos a convivir y a hablar de política, con sueños y esperanzas, delineando en el grupo de seis o siete que lo conformamos metas profesionales, académicas y políticas. Fuimos parte también de algo más amplio a nivel nacional que en los noventas llevó el nombre de México Joven. Y ahí ampliamos el directorio de amigos y compañeros.

Él estuvo en mi boda. Compartimos alegrías comunes. Hoy ya recuerdos. Seguimos nuestros estudios de pregrado y posgrado cada uno en sus respectivos ámbitos, pero nos seguimos viendo y compartiendo puntos de vista y opiniones personales que no pocas veces fueron divergentes, pero que nos llevaron al respeto mutuo. La amistad y la familia será, y es, eso (siempre): si no concuerdas -y si inclusive tu opinión es diametralmente opuesta-, el respeto al otro, a lo diferente vale más que cualquier cosa.

Con algunos del grupo tuvo después diferencias irreconciliables que a la fecha de su muerte persistieron. Las opiniones políticas los separaron. Yo seguí siempre respetando sus puntos de vista y el los míos. Y lo interesante de su amistad para mí, es que fue de verdad. Sin mayor interés que vernos con el mismo afecto de siempre. Nunca fue de doble cara, aunque nuestras diversas funciones públicas nos hicieron a veces generar cierta distancia, sólo por respeto al otro, pero nunca convertidas en algo personal.

Cuando le preguntaba en persona, mensaje o por llamada sobre su salud, siempre me informo del proceso de su enfermedad y los pasos para su recuperación. En febrero ha sido la última vez que me reuní con él. Pensé últimamente en contactarlo para volver a programar un desayuno, como solíamos, pero quedó en simple propósito de mi parte dada la carga de trabajo y pendientes que tuve.

En el desayuno de febrero lo ví más delgado y con menos energía. Algo no me cuadró. Su enfermedad había sanado –al parecer- pero secuelas graves del tratamiento eran las que ahora le afectaban. Me preocupé. Siempre intercambiamos algunos mensajes sobre su salud y la mía.

Todo el tiempo compartimos sobre nuestras rutas, caminos, y búsquedas personales y profesionales. Como la decisión que hace no más de dos años tomó de renunciar a su cargo docente en la Universidad de Guadalajara. No se sintió tomado en cuenta para seguir aportando a dicha institución; ni siquiera con la experiencia en los importantes cargos que había tenido de presidente del SEA Jalisco y del SNA de México.

Fue llamado por altas autoridades universitarias en distintas ocasiones para que reconsiderara y me comentó (en febrero 2026) su firme postura de no continuar con ningún vínculo laboral con la U de G. ¡Era hombre de una sola pieza!

Por eso ahora me extraña y maravilla (y que bueno, ¡faltaba más!) que en todas las condolencias por su muerte (habidas y por haber) se le valore por lo que se le regateó en vida: su dedicación académica, su entrega profesional, la entereza y honradez a ultranza en el servicio público de un hombre que resistió los embates del poder y del dinero, que me consta que los tuvo (por distintas vías y personajes del estado y del país) y que vivió en la honrada medianía de emolumentos académicos, de servidor público, y de profesionista consultor de organismos internacionales.

En su etapa de presidente del Sistema Nacional Anticorrupción iba y venía a, y desde la ciudad de México. Aún enfermo y bajo tratamiento, no dejó de atender los asuntos de tan alto cargo. Dejando constancia del esfuerzo.

Hubiera querido verlo y compartir los alimentos –aún sin saber que era despedida-, pero dicen que el hubiera ya no existe. Lamento mucho su pérdida, pero espero que quede su ejemplo y no se guarde en el cajón del olvido. Sus amigos y familiares tenemos el arduo trabajo de mantener viva la llama que lo inspiró, con el tesón, la prosapia y sobre todo el don de la paciencia [lo era y aguantaba estoicamente, porque últimamente había leído, y mucho, del estoicismo, y me recomendó muchos libros]. Igualmente me hacía el favor de leer semana a semana este “Bosque de Luz”.

Les recomiendo la canción de Alberto Cortés titulada “Cuando un amigo se va”.

¡Adios amigo! ¡Te extrañamos!


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José Luis Castellanos González
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