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Miércoles , 24.04.2019 / 21:30 Hoy

Carta de Esmógico City

Una abuelita para tres poetas

José de la Colina

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Ya cerca de la medianoche un hombre setentón, con aspecto que la psicosociología amateur del cronista inmediatamente fichó como de burócrata menor recientemente despedido, entró en el vagón desde el andén de la estación Miguel Ángel de Quevedo de la Línea 3 del Metro, en convoy con dirección a Indios Verdes, tosió para aclararse la garganta, requirió la atención del respetable para unos versos suyos escritos en memoria de alguien muy querido y comenzó a declamar con un solemne estilo:

"Años hace que murió Abuelita...".

Así, de verso en verso, nos informó de que durante el entierro de Abuelita los parientes lo habían regañado porque él no derramaba una sola lágrima, pero que ahora solo él se acordaba de la anciana, pues (¡admirable final!) "su recuerdo fuerza cobró/ como del árbol en la corteza/ se ahonda el nombre que se escribió".

En el vagón semivacío hubo un enternecido silencio, un viajero estuvo a punto de aplaudir pero se contuvo, tal vez pensando que sería incorrecto en el momento solemne impuesto por el recitado, y el recitante recorrió el pasillo del vagón ofreciendo, a cambio de "lo que sea de su amable voluntad", unas hojitas en que venía impreso el poema en letra tipo Century-Gothic cursiva.

Colectó algunas monedas y luego se sentó al lado del cronista, quien leyó al pie del último verso de la comprada hojita: "Poema de Higinio Oropeza", e inició un diálogo que aquí va todo corrido por la estrechez de esta columnilla.

—¿Hace mucho que escribió usted este poema? —Sí señor, como unos cincuenta años; yo quería ser poeta, pero la vida es canija. —Y más el que la aguante. —Sí, señor, yo en mis ocios, que no negocios, hacía mis versitos inspirándome en los poetas que me gustaban. —Por ejemplo, don Manuel Gutierrez Nájera. —Así es, señor, ¿cómo adivinó? —¡Ejem!, yo también soy admirador del gran liróforo, que por cierto también hizo unos versos a su abuelita. —En efecto, señor, él también... y [tras un carraspeo] disculpe, con su permiso, aquí me bajo.

El hombre descendió del vagón en la estación Hidalgo y el cronista quedó meditando en los prodigios de una musa digamos transcronológica que hace pasar un bello poema desde el francés Gérard de Nerval (1808-1855) al mexicano Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895) y de éste al también mexicano don Higinio Oropeza (¿nacido hacia 1940?).

¡Y con una sola abuelita para tres poetas tan interdistantes en el tiempo!

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