Política

Infraestructura vial y movilidad

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  • Infraestructura vial y movilidad
  • José Cruz Hernández Moreno

En el contexto de las ciudades modernas, la infraestructura vial representa el esqueleto sobre el cual se articula la movilidad diaria de millones de habitantes. Esta incluye carreteras, puentes, avenidas, ciclovías, sistemas de transporte público integrado y elementos como semáforos inteligentes y señalización. Sin embargo, su importancia no se limita a un mero facilitador logístico; es un factor determinante en la eficiencia y eficacia de la movilidad urbana. Una movilidad eficiente implica minimizar tiempos de traslado, reducir costos energéticos y optimizar recursos, mientras que la eficaz asegura que el sistema responda a las necesidades reales de la población, promoviendo equidad y sostenibilidad.

Los beneficios económicos y sociales de una infraestructura vial robusta suelen ser palpables. En ciudades como Singapur o Copenhague, donde se invierte en redes viales integradas con transporte multimodal, la movilidad eficiente genera un impacto positivo en la productividad. Según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), una reducción del 10% en los tiempos de congestión puede incrementar el PIB urbano en hasta un 1%. En nuestro país, por ejemplo, la Ciudad de México (CDMX) ha visto mejoras con proyectos como el Metrobús, que integra vialidades dedicadas para autobuses, reduciendo tiempos de viaje en un 30% en corredores clave. Esto no solo acelera el flujo de personas y mercancías, sino que fomenta el comercio local y atrae inversiones. Además, una infraestructura bien planificada promueve la inclusión social: al conectar periferias con centros urbanos, reduce desigualdades, permitiendo que residentes de zonas marginadas accedan a empleos, educación y servicios de salud. En este sentido, la vialidad eficaz actúa como ecualizador social, contrarrestando la segregación espacial típica de metrópolis latinoamericanas.

Sin embargo, una visión crítica revela que la infraestructura vial no es infalible y puede generar externalidades negativas si no se diseña con previsibilidad. Un problema recurrente es la dependencia excesiva en el automóvil particular, que perpetúa la congestión y la contaminación. En urbes como Los Ángeles o la propia CDMX, donde el parque vehicular supera los 5 millones de unidades, las autopistas amplias incentivan el uso del coche, generando emisiones de CO2 que agravan el cambio climático. Estudios del Banco Mundial indican que el 70% de la contaminación urbana proviene del transporte vial, lo que cuestiona la “eficiencia” a largo plazo. Además, la eficacia se ve comprometida por el mantenimiento deficiente: en muchas ciudades mexicanas, como Guadalajara o Monterrey, baches y puentes en mal estado causan accidentes y pérdidas económicas anuales por miles de millones de pesos. Esta negligencia no solo hace ineficiente la movilidad, sino que refleja fallas en la gobernanza, donde la corrupción y la falta de inversión pública priorizan proyectos faraónicos sobre reparaciones esenciales.

Otro aspecto crítico es el impacto ambiental y urbano. La expansión vial a menudo implica deforestación y fragmentación de ecosistemas, como en el caso del Tren Maya en México, que, aunque promete conectividad, ha generado controversias por su afectación a selvas y comunidades indígenas. Una movilidad eficaz debería integrar principios de sostenibilidad, promoviendo vialidades verdes con carriles para bicicletas y peatones. Ciudades como Bogotá, con su Ciclovía dominical, demuestran que una infraestructura inclusiva reduce la huella ecológica y mejora la salud pública al fomentar el ejercicio. No obstante, en contextos de desigualdad, estas iniciativas pueden ser elitistas: en barrios pobres, la falta de iluminación o seguridad en vialidades disuade el uso de modos no motorizados, perpetuando un ciclo de ineficiencia para los más vulnerables.

Desde una perspectiva tecnológica, la integración de innovación es clave para elevar la eficiencia. Sistemas de tráfico inteligente, como los de Barcelona con sensores IoT, optimizan flujos en tiempo real, reduciendo congestiones en un 20%. En México, el uso de apps como Waze ha ayudado, pero sin una infraestructura base sólida, estas herramientas son paliativos. Críticamente, la brecha digital excluye a sectores sin acceso a smartphones, cuestionando la equidad. Además, en un futuro de vehículos autónomos, la vialidad debe adaptarse con carriles dedicados y redes 5G, o arriesgarse a obsolescencia.

En conclusión, la infraestructura vial es indispensable para una movilidad eficiente y eficaz, impulsando crecimiento económico y cohesión social. Sin embargo, su importancia debe evaluarse críticamente: sin planificación sostenible, equitativa y mantenida, puede exacerbar problemas ambientales, sociales y económicos. Para ciudades como las de México, urge una reforma que priorice inversiones públicas transparentes, integración multimodal y participación ciudadana. Solo así, la vialidad dejará de ser un cuello de botella para convertirse en un catalizador de urbes vivibles. La movilidad no es solo movernos rápido, sino hacerlo de manera inteligente y justa.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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