De entrada, te regalo el Mundial de México ’70 con todo y Estadio Azteca. Te regalo 70 kilómetros de carretera por el estado de Plan de Abajo para llegar a una tertulia surrealista en Cuévano con mis fantasmas y el otro Jorge. Considera ya de tu propiedad a Coyoacán cuando llueva y el Zócalo de la Ciudad de México en madrugadas despobladas, abierto en círculos concéntricos a partir del perímetro de El Colegio Nacional.
Por supuesto te comparto cada piedra, párrafo y persona de mi Madrid, aunque sabemos que te toca la Diagonal, el Pont del Bisbe y todo el barrio gótico de Barcelona y sí, también te regalo el Camp Nou. Tuya será ya para siempre esa casa de piedra vieja que visitaste con tu padre en Cataluña y una inmensa palapa acalorada a las afueras de Mérida donde habita su eternidad tu madre, que se fue de este mundo el mismo día en que suspiró la mía para hermanarnos de una rara manera. Olvidaba mencionar que te regalo un cafetín desvelado en una esquina ochavada de Barcelona donde pasan partidos de años pasados para tertulianos desvelados o prófugos de un hospital vecino.
Toma como llavero el entrañable vocho rojo, el escudo del Necaxa y un concierto de Lynard Skynard en Hamburgo cuando cruzaste el Atlántico en barco para conquistar el mundo. Por lo mismo, ya avisé en Europa que por lo menos la mitad de Berlín te pertenece a partir de hoy, así como un teatro en Buenos Aires, el Palau en Barna y Bellas Artes del antiguo D.F. (incluye sinfonía de Mahler y resurrección de Juanga). De París, ya puedes presumir título de propiedad por cada paso donde pisó Julio Cortázar y tresvecesveinte croissants con diez café crème diarios o setenta vinos por semana cada vez que decidas volver para que arda Notre-Dame.
Te mando setenta abrazos y sostengo mi empeño en mentarle la madre a un ignaro que te llamó “orgánico” y —puño en alto— defiendo tu prosa incluso cuando quiere volverse verso, siendo dramaturgia con muchas tablas, puro cuento puro, novela hipnótica o crónica constante, pues digan lo que digan quienes ladran por necedad sin necesidad, eres el más grande escritor mexicano (o por lo menos, el de mayor estatura en diversos sentidos) en el mar de las letras con Eñe y eres un amigo tan íntimo que te conviertes en hermano mayor, un hombre de bien con asombrosa facilidad de metáfora, interrogantes a medio párrafo y sincronicidades telúricas. Espero conseguir 70 monedas de oro puro que encargué en una fábrica de chocolates para corearte al oído bueno —mientras te cargo en hombros— ¡Viva Villoro!