Con el libro en las manos, el pulgar derecho avisa que la mejor historia jamás contada se acerca a su fin. La palma izquierda sostiene ya casi todas las páginas leídas y releídas de una aventura que permite evadir al mundo mientras el Caballero de la Triste Figura y su fiel escudero llegan a Barcelona sin saber que se arriman a un final como quien se acerca al filo del Mediterráneo. Nuestros héroes resultan huéspedes de un Antonio Moreno que ha leído la primera parte del novelón y allí en tinta se cristaliza el milagro de la literatura: Quijote se sabe leído y por eso mismo sabe exactamente quién es (como declara desde la primera caída, aún sin la compañía de Sancho). Capítulos adelante, entran a una imprenta donde verifican con sus propias manos y mirada que son impresos en cuartillas que se cuelgan en hilos para secarse.
Don Antonio Moreno es un anfitrión engañoso y presenta a Quijote y Sancho con un artilugio: una cabeza parlante colocada en medio de una mesa enmantelada con un telón de terciopelo. Se trata de la escultura de un busto a la manera de los cráneos clásicos de filósofos griegos o emperadores romanos y el anfitrión dice que si se le preguntan cosas, la talla responde hablando. La tenebrosa voz que responde declara “Yo no juzgo de pensamientos” y luego “Yo no juzgo de deseos” cuando se le piden profecías, pronósticos o corazonadas y el buen Sancho es el único racional que huele que todo eso no es más que perogrulladas, pero el atento lector podrá diseccionar que Alonso Quijano o Quesada quizá huele la trama de un supremo desencanto que ha de evitar convertirse en descalabro en torno a su loco amor por Dulcinea, su aventura toda y su propósito de mundo… todo esto sin ver que debajo del telón de terciopelo se encoge un sobrino del anfitrión Moreno como ventrílocuo con un cono por donde lanza la voz de la cabeza parlante bajo la mesa.
Hoy dicen “percutió elementos balísticos” en vez de “disparó balazos”, dicen “evento ferroviario” en vez de “descarrilamiento”; hablan de sembrar árboles donde han arrasado miles de hectáreas de selva virgen, le dicen “femenina occisa” por mujer muerta y tanto lodo de eufemismos confirma que hay seres que hablan tan solo porque tienen un hoyo en la cara. Yo prefiero hablar con las estatuas y seguir la legua de una aventura feliz… aunque le quedan ya pocas páginas por leer.