Una voz autorizada define como trasnochado a quien se ocupa de seguirle la sombra a un polémico personaje del pretérito en medio de una necia discusión por definirlo como héroe o villano. Ha tiempo que debimos superar la propensión maniquea de broncear mitos o denostar vampiros o puro bueno o simplemente malo. Dos mujeres se lanzan dimes y diretes en torno a un hombre de siglos en una tremolina enrevesada que desdeña a quienes realmente se han preocupado por conocerlo. Efectivamente, hay un trasnochado capaz de pasar la madrugada en vela leyendo documentos amarillentos, actas garigoleadas y números muchos que contextualizan la vida y obras, los abusos y las gracias, los hijos y las desgracias de un hombre más que mero personaje; se trata del oficio tedioso y difícil de intentar viajar al pretérito sin prejuicios y librándose hasta donde sea posible del maquillaje vestuario, ideas y corazonadas del tiempo real en que vive el curioso gambusino para intentar conocer, ponderar o re-conocer el mundo de ayer en su propia temperatura. Ese que viaja a un Valle de Anáhuac que en realidad ya no existe, el que imagina el verdadero tamaño de una mazorca de maíz en el siglo XVI y huele los perfumes incandescentes de los dignatarios indígenas tanto como el apeste a sudor y mugre de la hueste española. Ese trasnochado se llama historiador y es precisamente el gozne que han pasado por alto las señoras en el lavadero.
Una apela al impostado nacionalismo ramplón que niega no sólo la llegada del alfabeto e idioma con los que se expresa, sino la fe católica que vuela en la falda electorera como morena calcomanía de diverso engaño y la otra se apunta y apuntala un falso orgullo imperial desde la península que se quedó sin una generación entera (no sólo en el siglo XVI, sino también entrado el siglo XX) de carpinteros, panaderos, aventureros, soldados improvisados, capitanes ávidos, adláteres y etcéteras que fincaron un instante de sangre en la historia de estas tierras: el instante de siglos donde la mezcolanza excluye partidismos asépticos, el mestizaje biológico, económico, arquitectónico, artístico, social, político, gastronómico y climático, esotérico y tropical que no merece la simplificación banal y oportunista, sino la lupa con telescopio, la pinza que piensa y el sosiego racional de la investigación seria muy por encima de dichos y declaraciones que nada tienen que ver con el oficio de historiar.