David Toscana es un chingón. La palabra que ofende y sorprende a muchos tiene un origen revolucionario, villista y palmario: los revolucionados revolucionarios del México norteño glorificaban a quien dominara las ráfagas de fuego que salían de la Browning Machine Gun y lo de “machingón” quedó como sinónimo de grandeza, epíteto de excelencia y ahora le viene como guante a David Toscana. Punto y aparte.
Empezó la vida profesional como ingeniero industrial, pero floreció como escritor desde que se le ocurrió encarrilar su verdadera vocación de narrador. En el estante cuento once novelas hasta hoy y dos libros de cuentos, varias fotografías donde me ha honrado codo con codo y un tambache de recuerdos desde el primer instante en que nos presentó Eduardo Antonio Parra a la entrada de un restaurante en Guadalajara y el paisaje de la memoria se cubre de nieve en Polonia, un largo paseo en Varsovia para cenar en el único edificio que se salvó de los bombardeos infernales y una travesía medieval por las callecitas de Cracovia para encontrar un paño garigoleado y morado que ahora cubre esta mesa donde intento aplaudir la obra entera de un escritor que se ha preocupado minuciosamente por la palabra. Cuando extraño Madrid, ya por mis hijos o por los callos, también pienso en tantas conversaciones que me quedan pendientes con Toscana por la Gran Vía.
Cada palabra. Quizá porque vive asido a una bella flor que traduce libros y pinta rostros para acompasar la hermosa sinfonía de pareja que apuntala las larguísimas horas de soledad en lectura, de paseos por pretéritos insólitos y eslavos, puentes del tiempo que Toscana deletrea en tramas inesperadas y sorprendentes, con personajes entrañables o siniestros… y así va hilando premio tras premio lo que se supo desde el principio: es un chingón y sus libros alivian el ruido al filo del abismo.
El presidente del jurado leyó un texto que conforme pasaba línea intensificaba adrenalina de orgullo. Dijo que el ganador era mexicano y regiomontano y habría que añadir la sonrisa, la lenta capa de canas que peina desde que empecé a admirarlo y esa precisa incisión de erudición sin pedanterías que tienen los verdaderos chingones… y dicen que la novela con la que ganó el Premio Alfaguara va sobre un ejército de ciegos, soldados que fueron mutilados por un monarca del siglo XI en algún rincón de las tinieblas que ahora se narran con la luz de un escritor. Una chingonería… ¡y eso que aún no la leo!, pero estoy de pie aplaudiendo orgullosamente un nuevo reconocimiento para un amigo de veras.