En memoria de Víctor Hugo Jiménez Salcedo
El Estado –ese ente abstracto e inerte con el que la sociedad regula las dinámicas de correlación en el proceso de convivencia entre las fuerzas vivas, los poderes fácticos, el aparato productivo y la autoridad que, en el caso mexicano en lo general y jalisciense en lo particular– históricamente, en términos de salvaguarda de la seguridad, ha fallado.
Tenemos en el haber una retahíla de relatos, novelas, cuentos y anécdotas que a través del tiempo han dado cuenta de cuánto hemos sido incapaces de contener el embate del hampa que nos tiene sometidos al arbitrio de su proterva voluntad. No hemos sabido contrarrestar la inclemente presencia de la acción delictiva de los grupos crimínales, o aún de individuos nefastos, que nos han lacerado y lastimado las fibras más sensibles de la fisonomía del cuerpo social que constituimos. Como resultado, han quedado huellas indelebles, y heridas encarnadas, que todavía exhalan el tufo de la incertidumbre y la zozobra que experimentamos antes las imperantes condiciones de violencia e inseguridad que día con día aparecen en nuestras vidas de la mano del narco y de lo mafia.
En el debe, adolescemos de una absoluta impotencia para lograr la instauración de la seguridad como constructo social. No hemos aprendido, como Estado, a crear y desarrollar estrategias ni tácticas, para atacar y contraatacar los actos criminales que imponen sus reales y nos compelen a vivir la inseguridad como principio rector del diario existir. Somos víctimas de nuestras propias cuitas y miedos, somos presa fácil de esa proverbial ingenuidad que nos impide comprender que, en el fondo, la debilidad y fragilidad de la estructura social, es producto del egoísmo y la falta de conciencia que nos han llevado al aislamiento y el desinterés por los otros, que le restan fuerza a la posibilidad de salir airosos de la afrenta. Saber combatir y enfrentar los ataques cotidianos de quienes pretenden tenernos en sus bestiales garras, significa que debemos entender que es imperativo elaborar, en conjunto, otros modos de actuar para alcanzar la eficacia en la búsqueda tras el reencuentro de la tranquilidad y la armonía perdidas.
Como saldo, el estado general que guarda el ejercicio de la autoridad nos ha quedado a deber y tenemos grandes pérdidas que redundan en una preocupante condición permanente de desasosiego y temor. El gobierno no acata cómo, ni sabe qué hacer, para resolver el entuerto. Las cifras y los datos deambulan por los páramos de la inocencia pueril de creer que sus acciones son positivas y efectivas. Nada más aterrador que escuchar a quien cree dueño de todo su poder cuando señala, con dedo flamígero, a quienes osan decir la verdad y contraponerse a sus falsas percepciones e ideas falaces de que todo va bien en el país de Magucín en el que él vive sus fantasías… Nada menos y nada más, en esta semana, en mi familia, sentimos y vivimos el horror de la ausencia de poder y el oprobio de la debilidad del estado fallido de Jalisco cuando asesinaron con premeditación, alevosía, ventaja y en su casa, a un primo que ofrendó su vida como tributo a la infame incapacidad del gobierno para garantizar nuestra seguridad.