
“El amor es deseo y el deseo es carencia”, sentencia Sócrates en El banquete de Platón. Dos mil cuatrocientos años más tarde Jean Paul Sartre vuelve a recordarnos, en su libro El ser y la nada: “el hombre es fundamentalmente deseo de ser y el deseo es carencia”. Centrémonos, para empezar, sólo en la carencia y dejemos el amor, del que habla Sócrates, para otro lunes.
Deseas algo porque no lo tienes y, en cuanto lo tienes, dejas de desearlo. No deseas lo que tienes sino lo que quisieras tener. Para quién se descuida la carencia es circular e inagotable: se manifiesta cuando no tienes lo que deseas, y cuando ya no lo deseas, porque ya lo tienes, deseas otra cosa.
El ciudadano del siglo XXI vive permanentemente expuesto a una oferta de deseos sin precedentes; por la pantalla de su teléfono o tableta desfilan continuamente oscuros objetos del deseo, digámoslo así como homenaje al genial Luis Buñuel. Productos y mercancías, pero también maneras de ser, situaciones y circunstancias en las que uno, por esa carencia de la que nos alerta Sócrates, desearía estar. Esta oferta incesante de deseos que difícilmente se van a cumplir, y que si se cumplen será para que aflore un nuevo deseo, nos convierte en las personas que más hemos deseado en la historia de nuestra especie y, si el deseo es carencia, también somos las personas con más carencias que han habitado la Tierra.
Lo mínimo que produce tanto deseo insatisfecho es un halo de ansiedad, de frustración y de tristeza, además de que desencadena el boom de los ansiolíticos, la normalización del estrés y ese curioso prestigio que últimamente tienen las personas frágiles.
El enorme volumen de objetos del deseo que hoy nos atormentan es un espejismo y, como tal, existe y hay que cuidarse de él. La esperanza de que se cumpla el deseo es sumamente desgastante. Las personas deseamos, y carecemos, desde el principio de los tiempos; por eso aquellos sabios de la época de Sócrates nos invitan, desde entonces, a no esperar nada y a desear sólo lo que tenemos.
Jordi Soler