“A toda razón se opone una razón equivalente”: esto lo decía Pirrón de Elis, el gran maestro del escepticismo, que vivió alrededor del año 300 antes de nuestra era.
No viene mal a los habitantes del siglo XXI, que se debaten entre la sobreinformación y la credulidad, asomarse a los preceptos escépticos de este hombre que, como prueba de su radical escepticismo, no dejó escrita ni una página. Lo que sabemos de él lo cuentan Diógenes Laercio, Timón, Gelio, Cicerón, Sexto Empírico.
En esta época nuestra vamos por la vida cargando en el bolsillo toda la información del mundo. El que quiere opinar como un experto sobre determinado tema no tiene más que buscar en Google. Pero toda esta información que palpita en la pantalla del teléfono forma una estructura de ideas, digamos, del mainstream,
de la que es cada vez más difícil salir y desde la cual tendemos a pensar, no con un horizonte ilimitado, sino como se piensa dentro de esa red. Lo más saludable sería pensar, de vez en cuando, fuera de esta estructura, recurrir a otras fuentes, leer libros de papel, o pensar en la soledad que nos acompaña en medio de una caminata, como hacía Pirrón, que vivía en una época en la que se pensaba más que se leía y los escépticos batallaban, con sus propias ideas, contra los dogmáticos que esgrimían las ideas en las que creía mucha gente. El panorama, como verán, ha cambiado poco en los últimos 2 mil 300 años.
No se trata de abrazar el pirronismo a estas alturas, pero si de implementarlo como una herramienta para defendernos de la credulidad de nuestra época. “El vino tomado con moderación refuerza, en exceso abate”, decía el filósofo, y nosotros podríamos aprovechar esta sentencia para tomar con moderación, y no en exceso, el pirronismo.
En la época de Pirrón ya se sabía que en el mundo no hay más que átomos y vacío, lo mismo que sabemos hoy, con la diferencia de que la sobreinformación de nuestro siglo nos impide ver ese vacío, como lo hacían Pirrón y sus seguidores, que eran también sus protectores, porque el maestro se echaba a andar y no se detenía ante un agujero ni se arredraba ante el ataque de un perro. Cada vez que se aproximaba un peligro que Pirrón, por escéptico, no pensaba atender, sus seguidores lo auxiliaban y así, con ese desapego radical, llegó a vivir hasta los 90 años. O sus seguidores lo protegieron cada minuto de su vida, o el escepticismo es una escuela que prolonga efectivamente la vida.
“El fundamento del escepticismo es la esperanza de conservar la serenidad de espíritu”, decía Pirrón. La clave del escepticismo es restarle importancia a las cosas, buenas y malas, que nos suceden, “no prestar atención a los torbellinos de la sabiduría halagadora”, recomendaba Pirrón; ni tampoco a los agujeros del camino ni a los perros que te quieren morder, habría que añadir.
Para practicar el escepticismo, decía el filósofo, es necesaria “la suspensión del juicio, a la que sigue, a modo de sombra, la tranquilidad de ánimo”, la imperturbabilidad que entonces, y ahí en el Peloponeso, se llamaba ataraxia.
Era famosa la imperturbabilidad de Pirrón: cuentan que en un navío, en plena tempestad, el filósofo era el único que se mantenía impasible frente a las olas que barrían la cubierta. Sus discípulos, aterrorizados, le hicieron ver que su escepticismo empezaba a ser suicida, y él respondió, señalando a un lechón que iba en la cubierta tan despreocupado como él, que debían comportarse todos con el saludable desapego que exhibía el animal. Si todo lo que hay son átomos y vacío, ¿qué tan grave puede ser una tempestad?
Pirrón fue primero pintor y después, en el año 344 antes de nuestra era, se enroló como expedicionario en el ejército de Alejandro Magno; en esos viajes entró en contacto con los magos y los gimnosofistas de la India. La ataraxia de Pirrón, ese estado de sólida imperturbabilidad, recuerda el método del Don Juan de Carlos Castaneda, que enseñaba a su discípulo a parar el diálogo interno, a dejar de pensar para tener acceso a otras realidades. Mientras Don Juan sugería detener la palabrería que nos ocupa permanentemente la cabeza, Pirrón invitaba a sus discípulos a no ser esclavo de las opiniones, comenzando por las de uno mismo.
“Solo persuade aquello que cada uno encuentra por sí mismo”, decía el filósofo, y aquí cabría añadir que la ataraxia, y el silencio interior que proponía Don Juan, son estados de la conciencia en los que se hacen grandes descubrimientos personales.
“No aseguro que la miel es dulce, pero reconozco que así parece”, decía Pirrón, ese escéptico irreductible que nos enseñó a dudar.