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Martes , 23.04.2019 / 23:28 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Del mito al #MeToo

Jordi Soler

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El #MeToo es el nuevo capítulo de la ya muy larga historia de las mujeres que luchan por esos derechos y esas libertades que el sistema patriarcal les ha escatimado. Digamos, para acotar la longitud de esa historia, que la lucha empieza a tener repercusión social y política a finales del siglo XIX, cuando las mujeres en Nueva Zelanda, que sin saberlo representaban a la mujer universal, consiguieron votar por primera vez. Aquella conquista ha ido expandiéndose por el mundo de manera desigual; en Arabia Saudita, por ejemplo, las mujeres pudieron votar por primera vez en el año 2015, y en otros departamentos de sus vidas siguen teniendo menos derechos y libertades que las neozelandesas en 1893.

El #MeToo es el nuevo capítulo de esa larga lucha, y su magnitud, que ya iremos comprobando, lo sitúa como uno de sus grandes hitos, junto al derecho a votar, la píldora anticonceptiva y el derecho al aborto, capítulos que han provocado un cisma, porque han modificado la relación de las mujeres con los hombres, es decir, la estructura de la sociedad.

El #MeToo es un movimiento que está todavía en proceso de formación, pero ya desde hoy puede verse que estamos ante una auténtica revolución cultural, estamos viviendo el final de una era; la relación entre las mujeres y los hombres, exhibida permanentemente y sin descanso en las redes sociales, ha cambiado para siempre. El #MeToo ya ha conseguido concientizar, hiperconcientizar sería mejor decir, a un número nada despreciable de ciudadanos.

La revolución cultural ya está en marcha, va contagiando a todos los países de Occidente y solo puede compararse, por su poder de transformar las estructuras del planeta, con la batalla ecologista contra el cambio climático; las dos están llamadas a ser las batallas cruciales de este siglo.

El #MeToo mexicano, con todo y su división por gremios, sus aciertos y sus excesos, es noticia internacional y ejemplo a seguir, aun cuando, o quizá precisamente por esto, México sea un país especialmente difícil para echar a andar esta revolución porque, más allá del bochornoso machismo que nos distingue, tenemos un sistema judicial ante el que la totalidad de la ciudadanía, y no solo las mujeres, se siente desamparada. La revolución cultural del #MeToo en México tendría que desamarrar una fuerza de tal proporción que sacuda, así como ya empieza a hacerlo con la estructura social, la estructura legal de nuestro país, para que todas esas acusaciones dejen de ser un tuitazo y se conviertan en una denuncia, ante un juez, con todas las garantías para la supuesta agraviada y el supuesto agresor.

El #MeToo me ha llevado a pensar en un mito, en la historia de Tiresias. Los mitos son piezas de información que nos llegan desde tiempos remotos, mensajes que, a estas alturas del siglo XXI, siguen siendo importantes para mirar la realidad de otra manera, pues fueron imaginados por mujeres y hombres que, a pesar de la inmensa lejanía en el tiempo, ya eran como nosotros, tenían el mismo organismo, los mismos deseos y las mismas necesidades, los mismos miedos y el mismo asombro ante el misterio, insondable hasta hoy, de la atracción entre los cuerpos: ¿Por qué, si todos somos estructuralmente iguales, nos enamoramos, a veces hasta el delirio, de una sola persona?

Tiresias iba una vez caminando por el bosque cuando se encontró a dos serpientes trenzadas, estaban copulando o peleando, según la tradición que se consulte. Tiresias las separó con su bastón y, en el acto, se convirtió en mujer y vivió así durante muchos años, al cabo de los cuales se encontró nuevamente con las dos serpientes y, al meter su bastón entre ellas para separarlas, se convirtió en hombre. Un día, en el Monte Olimpo, Zeus y Hera discutían sobre quién disfrutaba más del coito, el hombre o la mujer, y pensaron que el juez perfecto para resolver esa discusión era Tiresias, que había sido hombre y mujer a lo largo de su vida. Tiresias despejó rápidamente la duda, les dijo que la mujer disfrutaba nueve veces más que el hombre. Por alguna razón, no del todo clara, a Hera no le gustó la respuesta y castigó a Tiresias con la ceguera, pero Zeus lo compensó con el don de la profecía, un don cuya aplicación práctica es, en rigor, ver más allá.

Tiresias fue el mayor adivino de su época, incluso se infiere que le explicó a Ulises ese misterio insondable que mencioné hace unas líneas, y que nosotros seguimos sin resolver.

Tiresias fue requerido por Zeus y Hera, dioses del Olimpo, para preguntarle algo que ellos no sabían; Tiresias sabía más que los dioses porque había visto y experimentado el mundo como hombre y como mujer, era el único que había recuperado la unidad original; esa unidad que apenas atisbamos nosotros, pobres mortales, entre los brazos de la persona amada. El mito de Tiresias nos sugiere el sentido más profundo de la pareja, que es la oportunidad de conocer, a través de nuestro ser complementario, esa parte del mundo que nos está vedada, pero sobre todo nos enseña, como demuestra esa sabiduría suya tan apreciada por los dioses del Olimpo, que del conocimiento verdadero del sexo opuesto nace el respeto, la comprensión y la armonía. Sería deseable que la revolución cultural del #MeToo nos deje también un poco de la mirada de Tiresias.

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