El primer libro que leí en mi vida fue uno de Juan Marsé. Era una novela demasiado sofisticada para un niño sin lecturas y, más que la historia, que debo haber entendido a penas, recuerdo la sensación, muy gratificante, de haber utilizado por primera vez ese dispositivo que usaban los mayores, y de haber puesto en práctica la gestualidad característica, única, de quien está leyendo un libro. Mientras intentaba decodificar ese dispositivo (Si te dicen que caí, editorial Novaro, 1973) percibía
que estaba entrando a ese sistema cuyos elementos brotaban espontáneamente por todos los rincones de la casa, en una pila en la mesilla de noche de papá, o en unidades solitarias que se quedaban abandonadas en un sillón o encima del depósito de agua del retrete.
El libro de Juan Marsé estaba en un gran librero que ocupaba toda la pared del pasillo. Muchos años después, ya de adulto, volví a Si te dicen que caí, y me quedó claro que debo haber entendido muy poco de esa historia y que, sin embargo, ese libro que no entendí es el fundamento de mi vida de lector.
El libro es un dispositivo tan generoso que puede leerse de distintas formas, cada lector hace su propia lectura de un libro y, quizá, más que no haber entendido la novela de Marsé hice una lectura distinta de la que hice décadas más tarde.
¿Qué fue lo que me llevó a leer esa novela y no otra?, ¿qué fue lo que me hizo sentarme en un sillón a leer? Fue un acontecimiento tecnológico: el fallo recurrente de un televisor Philips. Cuando me preguntan ¿cómo te hiciste escritor?, debería responder: lo hice por imitar a esos escritores que leí durante años, y a ellos comencé a leerlos
gracias al televisor Modular 4 que estaba en la sala.
Si te dicen que caí ganó el premio México de novela y fue publicada en 1973, el año de la Modular 4. Eran los tiempos anteriores al control remoto, y para subir o bajar el volumen había que levantarse y girar una perilla y, para cambiar de canal, era necesario darle vueltas a un selector, no muchas porque había pocos canales: 2, 4, 5, 8, 11 y quizá el 13, según recuerdo.
El televisor estaba en medio de la casa y frente a él se reunían las familias de la misma forma en que nuestros ancestros se reunían en su cueva alrededor del fuego. La actividad de sentarse frente a la pantalla o al fuego era básicamente colectiva; no existía la posibilidad, personalista y mezquina, de ir a encender un fuego a tu habitación, como lo hacemos hoy con la tableta.
En 1973, cuando llegó a casa la novela de Juan Marsé, yo tenía nueve años y un acceso restringido a la televisión: se me dejaba ver El chavo del 8, las películas mexicanas que pasaba el canal 2 al mediodía, y los viernes en la noche, como cosa excepcional, alguna serie policiaca como Las calles de San Francisco. Tenía prohibido ver los peliculones que pasaban en las noches, obras candentes de títulos misteriosos como El llanto de la tortuga. Pero lo mejor era el formato colectivo, los partidos de futbol los domingos y las peleas de box los sábados en la noche.
La novela de Juan Marsé era un atractivo libro de color negro que tenía en la portada a Saturno devorando a su hijo, el famoso, y muy sangriento, cuadro de Goya. Como la obra, recién premiada, llegó a casa cuando ya el librero del pasillo estaba atiborrado de libros, le tocó un sitio en una repisa saliente del extremo oriental, que colindaba con la sala, y de hecho la invadía un poco, tanto que esa parte del librero, cuando había invitados a ver el partido del domingo o la pelea de los sábados, se convertía en la mesita auxiliar en la que los adultos ponían, encima de una pila de libros, su vaso de whisky y nosotros, los niños, nuestro vaso de Milo, una sólida pieza
de plástico azul eléctrico.
La novela de Juan Marsé fue destinada a esa zona del librero que estaba expuesta al rejuego social que desataba la pantalla del Modular 4 de Philips, un aparato hipermoderno para la época, pero con la inevitable serie de tics que tenían los televisores en esa época; por ejemplo, de pronto e inopinadamente, la imagen de la pantalla huía hacia arriba, compulsivamente y a gran velocidad, y dejaba la pantalla convertida en un pandemónium de líneas horizontales. Para remediar esa contrariedad, que aparecía siempre a la hora del uppercut o del tiro libre, había que darle un golpecito al selector de canales con el objeto que hubiera a mano, y que durante esa temporada era invariablemente el libro de Juan Marsé. Un día, después de golpear el selector de la Philips, me quedé mirando el libro y, arrastrado por la curiosidad, me senté a leerlo en el sillón.