México se encuentra en una encrucijada. Recuerda cuando ibas a la escuela. ¿De cuántas lecciones, amistades y diversión te hubieras perdido si te hubieran permitido llevar una televisión portátil a la escuela y verla todo el día, incluso en el almuerzo y el recreo? Puede parecer una pregunta absurda, —¿un televisor en la escuela? — pero es precisamente la realidad que viven los estudiantes hoy en día.
Desde principios de 2010, las secundarias y preparatorias han registrado un aumento alarmante de padecimientos mentales y sufrimiento psicológico entre sus alumnos. La permisión de los smartphones en las escuelas ha alimentado el ciberacoso, generado conflictos entre estudiantes y ha tenido un efecto acumulativo, duradero y perjudicial en la capacidad de los adolescentes para concentrarse y aplicarse. Esto resulta especialmente preocupante si consideramos que más del 95 por ciento de los adolescentes mexicanos reporta estar en línea entre 4 y 6 horas al día.
No se trata únicamente de salud mental y seguridad escolar. A nivel mundial, los resultados en pruebas de aprovechamiento escolar han ido a la baja desde 2012.
México tiene la oportunidad de restaurar la jornada escolar. Actualmente, existen varias propuestas en el Congreso de la Unión para restringir los teléfonos celulares en las escuelas. De avanzar estas iniciativas, México se sumaría a la decena de países —incluidos Australia, Brasil, Francia, Finlandia, Grecia, Italia y los Países Bajos— que han aprobado legislación o implementado políticas en la materia.
En un mundo dividido, hemos visto que las políticas educativas sobre este tema avanzan a velocidades asombrosas generando consensos. ¿Por qué? Porque padres y maestros de todo el mundo han sido testigos del daño que causa en la atención, la educación y la salud mental de los estudiantes cuando pasan gran parte de la jornada escolar usando redes sociales: enviando mensajes, publicando contenido, viendo videos o jugando videojuegos.
Por ejemplo, el reporte “Navegando el futuro” de la Universidad de Cambridge afirma que 88 por ciento de profesores encuestados percibe que la capacidad de atención en los estudiantes se está reduciendo. No es de extrañar, entonces, que en 2023 un importante informe de la Unesco, ante la abrumadora evidencia de que el uso excesivo del teléfono se correlaciona con un menor rendimiento escolar y una peor salud mental, haya llamado a prohibir los smartphones en las escuelas.
En la Ciudad de México se ha limitado el uso de teléfonos en las escuelas, pero se permiten excepciones para usos educativos. Otros países, como Finlandia y los Países Bajos, están prohibiendo el uso de teléfonos únicamente durante el tiempo de clase. Si bien estos son pasos en la dirección correcta, invito a México a considerar propuestas que prohíban estrictamente el uso de celulares durante toda la jornada escolar. Estudios realizados en Estados Unidos han demostrado que las políticas menos restrictivas producen peores resultados.
Limitar el uso de estos dispositivos únicamente durante el tiempo de instrucción sigue permitiendo que los estudiantes corran a revisarlos entre clases, en el almuerzo y durante el recreo, costándoles valiosas oportunidades para conectar cara a cara entre ellos.
Además, en Estados Unidos, investigaciones de la Asociación Nacional de Educación encontraron que 73% de los docentes en escuelas que permiten el uso de teléfonos celulares ENTRE clases reporta que los dispositivos resultan disruptivos DURANTE la clase. En contraste de las diversas políticas examinadas, sólo la política de “escuela libre de celulares” o “guardados todo el día” produjo buenos resultados: únicamente 28% de los maestros en esas escuelas indicó que los teléfonos interrumpían sus clases. Esto sólo ocurre cuando los estudiantes pasan entre 6 y 7 horas alejados de sus teléfonos, cuando realmente regresan su atención hacia sus compañeros y profesores.
Te invito a caminar hoy por la mayoría de los pasillos escolares y notar el silencio, percibe esa sensación extraña. A diferencia de esto, cuando las escuelas adoptan una política de “inicio a fin” sin celulares, los reportes de docentes y directivos suelen ser los mismos: “volvemos a escuchar risas en los pasillos”. En muchas escuelas, el bullying, los problemas disciplinarios y el ausentismo disminuyen. La escuela se vuelve más divertida.
Al aprobar una de las muchas propuestas para escuelas libres de teléfonos celulares que se están discutiendo, México puede devolver la conversación y la risa de más de 24 millones de estudiantes a los pasillos.
Las redes sociales están diseñadas para robar la atención de niños y adolescentes que se encuentran en etapas cruciales de su desarrollo mental. Nuestros hijos merecen recuperarla. Merecen el aprendizaje, la amistad y la diversión que recordamos de nuestras propias experiencias escolares. Y, por ahora, el único lugar donde realmente podemos proteger eso es en la escuela. Necesitamos darles un descanso del ruido y del drama. México puede hacerlo.