Los partidos políticos en México están en crisis. No existe ninguna organización política en el país que no se encuentre inmersa en un momento de re definición. El nuevo equilibrio político del país ha generado un escenario en el cual difícilmente se puede adivinar cuál será el porvenir ideológico y presencial de las organizaciones, las cuales, pasmadas, intentan reorganizarse y encontrar una nueva narrativa que los acerque a los ciudadanos. Ellos, en general, observan con recelo el espectáculo de desacuerdos y falta de generosidad que impera en casi todos los temas de la agenda nacional.
Ya no se trata de ser de izquierda, derecha o centro. No es relevante si el partido es nuevo o viejo; la democracia mexicana tiene en la crisis de los partidos políticos una afrenta que es peligrosa. Si las organizaciones no pueden encauzar los reclamos populares, y sus representantes guían su agenda alejada del sentir de las problemáticas que lastiman el tejido social, entonces los partidos políticos están condenados a el peor de los destinos: ser irrelevantes. En las últimas semanas, se han caracterizado, entre otras cosas, por debates que han revelado preocupaciones en la opinión pública sobre la construcción de mayorías en el congreso, sobre la incapacidad de la oposición para generar equilibrios, o peor, sobre la manera en que algunos partidos se han convertido en rehenes de una agenda contraria a cualquiera de sus históricas convicciones.
En todos los casos, las cúpulas de los partidos y organizaciones políticas parecen completamente alejados de la militancia y hasta de los representados. Hemos visto presidentes municipales reclamando recursos, legisladores literalmente peleando para detener obscuros procesos, políticos usando las redes sociales desesperadamente, justificando injustificables decisiones que no tienen nada que ver con origen político, ideología o facción.Esas justificaciones no pedidas tienen que ver con lo que bien saben los protagonistas de estas historias, y es que al final del día, la gente en este país nunca votó para que retrocediéramos en la construcción de las instituciones que sostienen la estabilidad de México.
Cada vez que los partidos se alejan del acuerdo que da cohesión a la vida de la República, se convierten en extrañas entidades que representan solamente intereses de grupo, pero no los intereses de sus representados. Por eso, el proceso de renovación de dirigencias en ellos se está convirtiendo en un lamentable espectáculo, en donde generar una narrativa adecuada para el momento es lo que menos importa. Los procesos de renovación de los partidos, disfrazados de democráticos ejercicios de reflexión interna y rendición de cuentas, han convertido a los militantes en títeres de un lamentable espectáculo, que genera absolutamente todo menos legitimidad.
La vida democrática se construye de abajo hacia arriba, y los partidos políticos deben ser en todos los sentidos cajas de resonancia transparentes en donde el protagonista de todo proceso sea el militante. En ese sentido, la organización se debe parecer a las dinámicas de sus representados y encontrar en el entusiasmo de las pequeñas células, la construcción de ideas amplias e incluyentes que premien el mérito de quienes sirven verdaderamente a las comunidades.
Mención aparte merecen los jóvenes, quienes están observando la decadencia de una herramienta fundamental de la democracia con miedo y frustración, y que en muchos lugares se está convirtiendo en protesta y ruptura. Si los militantes, particularmente los jóvenes, que tienen gusto por pertenecer a organizaciones políticas no encuentran espacios, no son escuchados y no son la fuerza de las organizaciones políticas, entonces las democracias se convertirán en clubes de gestión para acompañar la funcionalidad de los gobiernos. Atrás quedaría ese ideal, desde siempre, que decía que las democracias funcionan cuando logran que el poder sea de la gente, de todos, y no de unos cuantos.