La democracia es un ejercicio permanente para construir sociedades plurales, capaces de reconocer diferencias, tolerantes, sociedades que permiten transitar a las mayorías y minorías sin que una aplaste o elimine a la otra. En la República, el equilibrio de poderes y su constitución institucional permiten garantizar que la representatividad de todos sea norma y no excepción. Así, la democracia es entonces una práctica en donde los lugares comunes son fundamentales: espacios de encuentro y reflexión, espacios donde las voces cuentan.
La democracia y los partidos políticos son entonces una fórmula que, a pesar de la crisis de los partidos en casi todo el mundo, sigue siendo el mejor mecanismo para hacer política, en el entendido que la arena pública significa sumar voluntades en torno a ideales y conceptos que son valiosos para la sociedad. En ese sentido, los partidos enfrentan a lo largo de su vida procesos diferentes y momentos que los obligan a redefinir su posición en el espacio político. El PRI, luego de una historia de presencia permanente en la vida institucional de México desde hace casi un siglo, busca ver al futuro para construir opción y ser oposición.
En el más reciente proceso, el partido determinó abrir a la militancia la posibilidad de elegir a sus liderazgos, en un hecho que refunda sus propios principios. El PRI, a pesar de sus tropiezos y circunstancias, le debe a México, por historia y por congruencia, abanderar las causas que lo convirtieron en un partido que aglutinaba y orquestaba el camino de la nación. Por virtud, el PRI no puede desaparecer sin dar una pelea que reivindique sus principios, no viendo al pasado sino proyectando al futuro. El PRI debe dar la batalla por defender las causas que lo convirtió en un partido que llenaba espacios porque entendía a la gente, interpretaba de mejor manera los sentimientos y construyó instituciones que son pilares de la nación.
Ese PRI, ante la prueba más compleja desde su fundación, enfrenta el volver a crecer desde las bases, con principios sociales construyendo una plataforma progresista en donde la militancia y también los ciudadanos que creen en el activismo, encuentren un partido con puertas abiertas, sin recovecos ni laberintos. Así, sin ventanillas especiales, cuotas ni favoritismos, el partido necesita no sentir agobio por defender lo bueno que ha construido y debe ser implacable para desterrar a militantes que han abusado y lastimado a la sociedad. El PRI tiene que ser un partido que mire por el México profundo que duele, para representar a los trabajadores, los campesinos, las mujeres y los jóvenes.
En esa ruta, el discurso con el que arranca el proceso de Alejandro Moreno resulta valioso. Luego de ser un gobernador de resultados, sacrifica la cómoda posición de poder, para ir en la búsqueda de los valores de un partido que debe refundarse en los hechos, sostener su visión en cada discurso, y que debiera encontrar en cada militante a un mexicano dispuesto a pelear los nuevos espacios que requiere este país para cuidar su democracia. En estas personas está la riqueza de su diversidad y la capacidad futura de tener un porvenir en donde todos tengamos la posibilidad de vivir.
Al final, resulta difícil entender a los militantes que han abandonado el proceso y al partido, porque lo valioso es apostar para que desde la diversidad se genere riqueza ideológica, competencia interna y posibilidades de construir. Hoy, no basta con postularse a la dirigencia para ocupar un espacio vital. Hay que postularse y decirles a los ciudadanos para qué y por qué un partido debe existir y generar una opción política, por eso, es hora del otro PRI. No el nuevo ni el de antes; es hora del PRI de los resultados y los principios. Es la hora del buen PRI.