Es de llamar la atención la especie de sorpresa y estupor de las buenas conciencias europeas ante la aparición de estos terroristas kamikaze, compuestos por jóvenes franceses de segunda o tercera generación de inmigrantes, seducidos por Al Qaeda o ISIS a través de los caldos de cultivo del odio, la religión y los nulos espacios de desarrollo, prácticamente destinados a reptar en los suburbios olvidados de la periferia.
Discriminación pura que se ha repetido de manera mecánica en un país donde también se ha venido construyendo un espíritu de menosprecio hacia la migración, sobre todo en los sectores conservadores y de ultraderecha, que llegaron a sus niveles más inhumanos con los sirios que huían de la guerra.
Desde hace años la música, el cine y la literatura francesas venían dando pistas sobre este fenómeno cada vez más denso y oscuro y que tuvo su más triste desenlace el viernes 13 de noviembre en París: el rencor, el resentimiento, de generaciones de inmigrantes africanos y musulmanes que fueron arrojados y condenados a la marginación en el peor estilo de los extraterrestres de Sector 9.
En La Haine, un viejo filme noventero del maestro Mathieu Kassovitz, se puede entender la fiereza con la que estos jóvenes son tratados por las autoridades como si fueran estudiantes de Ayotzinapa; jóvenes marginales que no son muy distintos a Los olvidados de Buñuel ni a los niños de Pixote quieren tomar a París por asalto y no de buena manera.
Todo el hip-hop francés está permeado con esta sensación retadora y jodida con las mismas connotaciones de aislamiento, dolor y revanchismo como lo interpretaría cualquier artista del ghetto en Nueva York o Los Ángeles.
En la literatura francesa hay un señalamiento constante contra estas culturas abrasivas e incapacitadas para incorporarse a la metrópoli gala, como puede apreciarse en la obra de Michel Houellbecq (blanco previsible como los de Charlie Hebdo por sus acres críticas a los musulmanes); pero hay también escritores como Samuel Benchetrit, que tratan de entender desde la marginalidad a estos buenos muchachos que ahora se amparan en Alá y el Corán para salir a matar a los perros infieles.
Decía Octavio Paz, a través de Levi-Strauss, que la antropología son los remordimientos de Occidente.
Los remordimientos se convirtieron en película de Tarantino donde todos se apuntan entre sí, terroristas y autoridades.
Pero esto no va a arreglarse a balazos, al ritmo de “llorarán y llorarán sin nadie que los consuele”.
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