Chapulinear es el verbo por excelencia y se aplica fundamentalmente cuando las ratas saltan de un barco que se está hundiendo, aunque haya cierto tipo de roedores extraños que saltan hacia los barcos que son tragados por los remolinos del mar.
El problema del chapulineo político es que siempre carga en un interior una fuerte carga de de sospechosisimo porque nadie, ni siquiera ellos mismos, creen posible su conversión verdadera en morenistas—como es el caso—, abandonando para siempre los principios panistas bajo los cuales fueron educados e instruidos.
Por eso, cuando vi el video de Rommel Pacheco, ex clavadista olímpico, gozar con la derrota morenista cuando lo de la reforma eléctrica no me pareció tan grave, pues a fin de cuentas era un cachorro en la manada de velociraptores. Lo que sí me dio algo de grima y cierto repelús es que en esa pírrica celebración lo estuviera abrazando, apapachando, Mariana Gomez del Campo, la sobrina favorita de los calderonícolas Jelipillo y Margarita, un personajillo metida en más complós antilopezobradoristas que el subjefe Diego.
Eso sí calienta.
Pero la maquinaria del pragmatismo político ya se echó a andar por la urgente necesidad de cumplir el Plan C y por el medio a una derrota imposible. O sea, ya negociar con Jorge Hank Rohn, heredero de las glorias del su padre que se negó a ser un político pobre y que con esa impronta educó a cientos de políticos priistas ávidos de la acumulación deschavetada de capital sí parece un exceso.
O sea, cómo le quitas a todos estos personajes de origen incierto pero prianista, el sospechosismo muchas veces probado de que al chapulinear de un lado a otro lado del espectro político la gente comienza obligatoriamente a dar el kinkitellazo azo azo.
¿O sea, por dios, para qué sirve Sergio Mayer para la cuarta transformeichon? Ni para amenizar los bailes con la bolita que le sube y le baja. Y Eruviel Ávila, ni para cargar costales sirve.
Yo digo que todos estos personajes de dudosa categoría moral u política, como ya lo he dicho antes, sean pasados por una prueba de fuego antes que darles las riendas de una misión: Primero, que canten La internacional a todo pulmón, como si fuera una Chente Fernández; y dos que se les coloque en salva sea la parte una mano que apriete en el momento en que comiencen a hacer chachuchullos, chuecadas, perradas y kinkytellazos.
Así, cuando veamos a estos políticos con cara de león, sabremos que se están pasando de lanzas y se les podrá echar a un abismo profundo negro como su suerte.