Cultura

Perversidad del verbo trasladar

  • Ruta norte
  • Perversidad del verbo trasladar
  • Jaime Muñoz Vargas

El golpe de Estado más reciente perpetrado en la Argentina está hoy a tres días de cumplir su quincuagésimo aniversario, medio siglo desde que la Junta Militar tomo el “control operacional” del país y echó abajo el gobierno democrático encabezado por la errática y debilitada Isabel Perón (La Rioja, Argentina, 1931), quien asombrosamente aún vive. 

El interés del tema no es sólo histórico, como objeto de conocimiento por el conocimiento en sí, lo cual es, de cualquier modo, valioso y digno de atención y mérito. 

Desgraciadamente, poner la mirada en el golpe y la dictadura que generó desborda el interés académico o especializado, pues se vincula con la realidad que hoy nos atañe a todos. 

El auge de la nueva derecha en el mundo mueve a pensar que el instinto genocida convive todavía con nosotros, es un animal no extinto, de ahí la pertinencia de recordar cómo se las gastaron ciertos regímenes no sólo en la Argentina, sino en muchos otros lugares del planeta castigados por gobiernos a los que no les tembló el brazo para eliminar opositores.

El caso argentino es particularmente interesante por las características de su pasado y el accionar de su gobierno en el presente. 

Desde el regreso a la democracia en aquel país, de hecho, no ha habido, como el actual, otro gobierno con mayores inclinaciones negacionistas, tanto así que desde el presidente para abajo sus funcionarios han llegado al extremo de suponer que los militares de los setenta y su pata civil de apoyo libraron una guerra que salvó a la patria del terrorismo. 

Lejos de considerarlos genocidas, Milei y sobre todo Victoria Villarruel, la vicepresidenta hoy coyunturalmente enemiga del presidente, han buscado desmantelar todo lo que remita a las instituciones dedicadas a la búsqueda de verdad y justicia, los dos ejes de la lucha contra la desmemoria.

Muchos aseguran que la edad no jugó del lado de Perón en su tercera presidencia. 

Era ya muy viejo, la situación seguía agitada entre los jóvenes, y murió a menos de un año de haber comenzado su gobierno. Isabelita, viuda de Perón, era la vicepresidenta, así que con todas sus limitaciones asumió el Ejecutivo. 

Además de su ineptitud, estaba muy mal asesorada sobre todo por un tipo siniestro llamado José López Rega, alias el Brujo, cuyo rol fue importante porque desde un ministerio, el de Bienestar Social, creó la Triple A, un aparato de muerte encargado de perseguir y liquidar opositores de cualquier orientación. 

La andadura de los grupos de tareas duró en acción intensa cerca de dos años, del 74 al 76. Todo se descompuso vertiginosamente.

Militares y civiles de la oligarquía local olieron sangre y comenzaron a presionar a Isabel Perón para iniciar en Tucumán acciones “antisubversivas” encomendadas al Ejército. Poco después dieron el golpe del 24 de marzo, y se hizo la noche a plenitud. 

Diseñaron un plan sistemático de extermino que, para serlo, debía quedar al margen de la ley. Se crearon en todo el país centros de detención, tortura y desaparición, cuyo edificio emblemático fue la ESMA. El horror se convirtió así en política pública.

Por testimonios de sobrevivientes se sabe cuál era el método desarrollado con la precisión quirúrgica para viabilizar el genocidio: después de ubicar a un sospechoso, lo “chupaban” a culatazos para treparlo a vehículos Ford Falcon sin número de matrícula, luego lo llevaban a un centro donde al margen de cualquier legalidad lo torturaban para exprimirle información. 

El calvario para los supliciados duraba hasta que a criterio de sus captores fuera útil como fuente de datos. Cuando se agotaban las posibilidades de sacarle más, el destino habitual era matarlo y desaparecerlo sin dejar rastro.

La desaparición, acaso el peor delito que en el mundo hay, podía servirse de incineración de cadáveres o fosas comunes, pero los militares argentinos dieron un paso más hacia el terreno de lo abominable: perfeccionaron los llamados vuelos de la muerte. 

Sin que los condenados tuvieran al menos el derecho de saber que los conducían a su fin, les comunicaban que habían sido elegidos para ser parte de un “traslado”, es decir, que en teoría serían llevados a otro espacio para proseguir su reclusión. 

Con el pretexto de que era una vacuna, un médico les inyectaba una dosis de pentotal sódico para sedarlos y así los trepaban a un camión que de inmediato se dirigía al aeropuerto, donde los subían a un pequeño avión militar (el famoso Skyvan) y ya arriba les inyectaban otra dosis de la droga. 

Volaban hacia el Atlántico y en la boca oriental del Río de la Plata los arrojaban vivos al mar. 

Tal era el procedimiento del eufemístico “traslado”, una de las mayores proezas de la perversidad latinoamericana que no podemos olvidar porque ganas no faltarán hoy de reeditarla.

Sobre este tema, y a propósito del susodicho golpe, hablaré el jueves 26 de marzo a las 7 pm en la cafebrería La Tinta (Morelos 559 poniente), de Torreón. 

Trabajaré sustancialmente sobre dos libros (El vuelo, de Horacio Verbitsky, y Anatomía de una mentira: quiénes y por qué justifican la represión de los setenta, de Hernán Confino y Rodrigo González Tizón) y dos documentales (Scilingo, del canal Encuentro, y Traslados, de Nicolás Gil Lavedra). 

La entrada es libre.

Google news logo
Síguenos en
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.