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Género de sobremesa

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  • Jaime Muñoz Vargas

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Proveniente del griego, la palabra “anécdota” (anékdoton, “no publicado”, “inédito”) tiene cuatro acepciones en el diccionario académico (la segunda me parece innecesaria): 

“Relato breve de un hecho curioso que se hace como ilustración, ejemplo o entretenimiento”; “Suceso curioso y poco conocido que se relata en una anécdota”; “Suceso circunstancial o irrelevante” y “Argumento de una obra”. 

Para lo que compartiré a continuación, me ciño a la tercera acepción, y sobre todo al adjetivo “irrelevante”, de allí que las confine al ámbito de la sobremesa. 

Las tres que comparto tienen un común denominador: que se relacionan con la periferia literaria, gran productora de situaciones que se trepan como polizones al recuerdo. 

Los títulos sólo sirven para identificarlas pese a su insignificancia. Van:

Abuso de la elegancia

Casi todos los lugares comunes tienen alguna inclinación por la elegancia. 

No es necesario anotar que, al usar un tópico, la elegancia resulta fallida, y lo que queda más bien es inelegancia, mal gusto, cursilería. 

Cuando alguien dice, por ejemplo, “cerrar con broche de oro” o “poner su granito de arena”, lo único que logra es evidenciar falta de imaginación.

Hay lugares comunes, sin embargo, que no lo parecen. Uno de ellos es “valga la redundancia”, tópico que sale a la luz (“salir a la luz” es un tópico) cuando alguien, durante la conversación, repite con demasiada proximidad una palabra (“recuerden que lo fundamental es dar fundamento, valga la redundancia, a los proyectos bla bla bla”). 

La pobreza de vocabulario o el simple lapsus es disculpado entonces por un “valga la redundancia” comodín, una frase ya corrompida, gastada por el uso.

Lo recomendable para evitar tal tropiezo es ampliar el vocabulario, sin duda. 

Pero cuando eso no es posible, se me ocurre que pueden equivaler las frases “valga la reiteración”, “disculpen la expresión” o algo así.

Lo que no se debe hacer nunca es usar frases como esas cuando no haya ninguna necesidad. Todo esto lo digo sólo para recordar al locutor de radio que escuché cierta tarde. 

Iba yo camino a la universidad y, al terminar una canción, el locutor dijo la hora con el mayor abuso de elegancia que he escuchado jamás:

—Faltan cuatro para las cuatro, valga la redundancia.

Luego de oírlo decidí escribir algo, lo que fuera. Y es esta cuartilla, precisamente.

El autor de las leyes

Quizá no haya libros de factura más anónima que las leyes. Escritas y avaladas por muchos, las leyes representan un consenso, un acuerdo establecido entre varias cabezas. 

Pues bien, un amigo llegó a una tienda comercial de esas que, para no ser acusadas de indiferencia cultural, también tienen una librería aledaña al restaurant. 

Mi amigo, abogado él, andaba en busca de la Ley de equilibrio ecológico. 

Mientras buscaba en el anaquel donde posiblemente se podía encontrar aquel libro, un dependiente se le acercó para ofrecerle ayuda.

—Gracias, joven, ando buscando la Ley de equilibro ecológico.

El dependiente, capacitado un par de horas antes para dar su servicio pero ajeno totalmente al mundo de los libros, le pidió un dato insólito.

—¿Me puede dar el nombre del autor?

Mi amigo el abogado estuvo a punto de responderle que “la Cámara de Diputados en sesión plenaria”, pero prefirió dejar el asunto en paz. 

Vio en la cara del muchacho tal aburrimiento que ya no quiso explicar nada.

Por desgracia

Juan Pablo Neyret y yo tomábamos café en la amable casa de David Lagmanovich. Horas antes nuestro anfitrión nos había presentado a ciertos personajes tucumanos. 

Yo recordé en particular a uno que me había parecido algo extraño, enigmático, y pregunté.

—Oye, David, ¿y fulano de tal escribe, ha publicado algo?

David, con una malicia que he visto en pocos rostros, contestó resignado y negando con la cabeza, casi como si fuera una tragedia.

—Lamentablemente, lamentablemente.

Neyret y yo no pudimos evitar el dueto de carcajadas.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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