Cultura

Monterrey cuatro décadas atrás

  • Ruta norte
  • Monterrey cuatro décadas atrás
  • Jaime Muñoz Vargas

Un viaje en camión a Monterrey me dio tiempo para recordar en la ida y en la vuelta mi etapa, digámoslo así, regiomontana. 

Aunque he compartido poco esa experiencia, tuve radicación en Monterrey durante un breve periodo de mi vida, apenas un semestre. 

Ahora que reparo en esto, quizá una de las trampas de la memoria, de la mía en este caso, ha sido ocultarme ese recuerdo porque fue particularmente duro, por no decir que feo, digno de olvido. 

Pero así como esconde, como escamotea, la memoria no puede borrar del todo lo ocurrido, y sobre el bus resucitó en mi cabeza la andanza de hace cuarenta años. 

No pude recordar con precisión muchos detalles, sobre todo datos duros, pero sí montones de imágenes que se agolpan cuando intento establecer una cronología se aquellos meses traumáticos.

Tal vez estoy exagerando, no sé. Quizá la vivencia no fue tan adversa, pero algo me lleva a creer que sí, como si la memoria tuviera un mecanismo para hiperbolizar lo malo. 

Lo que recuerdo de mi etapa regia —que de regia no tuvo nada— se debió al desempleo. Acababa de salir de la carrera y de inmediato me vi impelido a trabajar. 

En ese momento advertí que se había acabado la beca familiar, así que me puse a buscar en dónde vender mi precaria fuerza de trabajo. 

Probé suerte con un grupo de compañeros de la carrera en un emprendimiento fallidísimo que merece crónica aparte, y luego en otro institucional, público, que también se frustró casi desde el arranque. 

No habían pasado ni seis meses desde que egresé, y ya tenía dos strikes en mi cuenta laboral.

Fue en ese momento cuando un amigo de la prepa, José Manuel González Souza, me dio un tip para hallar algo. 

Él estudiaba el último año de su carrera de ingeniería en la UANL, y compartía una casa pequeña, como de Infonavit, con otro compañero de la facultad. 

Me dijo que sobraba un cuarto, y que por una módica cooperación podrían recibirme para que buscara chamba allá. Acepté. 

No recuerdo cómo conseguí dinero para viajar a Monterrey, ni cómo nos organizamos para que me recibiera en la terminal, pero un día de 1986 u 87 entramos a la casita ubicada lejos del centro. 

En efecto, la casa estaba en una de esas colonias de viviendas para trabajadores, espacios situados en la periferia con miles de casas idénticas apiñadas en edificios también idénticos.

Tras mi llegada, recibí instrucciones de movilidad, rutas de camiones y eso. 

Mi idea era trabajar en algún periódico, y daba la casualidad nada casual de que las instalaciones de los diarios estaban en el rumbo de la Macroplaza. 

Desde el primer día entendí que para llegar al centro debía tomar dos camiones, una hora y media de recorrido. 

En otras palabras, tres horas, si sumaba la vuelta. Esto ya de por sí era letal para un lagunero acostumbrado toda la vida a viajes cortos dentro de mi región.

Para entonces había leído el suplemento cultural Aquí vamos, del periódico El Porvenir, y me gustaba mucho, así que me apersoné en sus instalaciones. 

No tenía ningún contacto, no conocía a nadie en el periódico, pero como pude logré que me hicieran una prueba para algo, no recuerdo si para corrector o reportero. 

Dijeron que si la pasaba, me llamarían. Di el teléfono de una señora que era vecina de mi amigo, el estudiante de la Uni, quien además les preparaba comida por una cantidad a la semana.

Como no podía atenerme al resultado en El Porvenir (que nunca llegó), alguien me dijo que recién habían abierto un nuevo periódico, el ABC. También quedaba por el rumbo de la Macroplaza, y pronto fui a sus instalaciones para husmear alguna oportunidad. 

Hablé con un funcionario, le expuse mi caso, y dio la casualidad de que tenían una vacante de reportero. Supongo que nadie la quería, pues de inmediato me dieron el empleo. 

Al día siguiente me presenté, me asignaron una máquina de escribir y una orden de trabajo tecleada mecánicamente en una tirita de papel. Con credencial de reportero novatísimo salí a la calle. 

Tuve que preguntar a compañeros todavía desconocidos en dónde estaba tal o cual lugar, en qué camión subir. 

Visité las sedes de partidos, de cámaras empresariales, de sindicatos, pare entrevistar a personajes horribles. Caminé mucho, para ahorrar. 

A eso de las dos o tres regresaba al diario, me sentaba frente a la máquina y redactaba como podía, siempre con un hambre de perro, las notas que me encomendaban. 

Salía del periódico como a las 5, y recuerdo varias tardes en las que me sentaba en alguna banca de la Macroplaza para respirar antes de tomar el bus de hora y media hasta la casita de Infonavit ubicada en el culo de Monterrey, o poquito más allá.

Eso se repitió durante varios meses. Comía muy mal y dormía peor, pues la casa no tenía aire acondicionado y en el calor de Monterrey era imposible descansar. 

Además, los trayectos poco a poco me redujeron a la condición de zombi, condición que no mejoraba con la llegada del salario, pues también era rabón. 

Cómo estaría la cosa que lo único bueno que recuerdo de mi chamba de reportero en el ABC son algunas tardes frente a la máquina de escribir. No por la máquina ni por escribir, sino porque frente a mí, como a diez metros, tenía su escritorio una compañera que me gustó. 

Se vestía como si fuera integrante del grupo Flans, y por supuesto no me animé ni a decirle buenas tardes. Sin dinero, derrotado por el hambre y derretido por el calor, la veía como lo que era: un sueño imposible.

Cuando ya no di más, aproveché el pago de una quincena para renunciar y volver a Torreón con otro fracaso a cuestas, pero más contento que un liberto. 

Monterrey quedó como un feo recuerdo de mi estreno periodístico, pero, si lo analizo bien, no fue tan malo, pues me enseñó a boxear arrinconado en la esquina del ring y con la guardia cerrada, sin caer.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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